26.9.10

13.

Era el hotel más perfecto en un radio de 50 km y bajaste del coche. Tu mano derecha agarró mi bolso y la izquierda optó por abrirme la puerta. No hizo falta ni que la cerrara porque corrimos por las diecisiete escaleras de piedra que nos llevarían a la puerta giratoria más cara de la ciudad. Me solté el pelo y tu sujetaste mi cintura. Me miraste mientras intentábamos que los cristales no nos empujaran hasta llegar a la salida. Nuevamente, ya fuera, bajamos corriendo también esta vez las mismas escaleras que habíamos subido hace un minuto y, como dos estúpidos enamorados que salen de la habitación más remota de lo insospechado, montamos en el coche y huimos en busca de otro sitio donde mirarnos.

22.9.10

12.

Notó que le estaba apretando de repente la mano. Con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo. El vagón había llegado a lo más alto de los hierros atornillados y ahora solo cabía esperar que la gravedad cumpliese su parte. En la fracción de segundo en la que ese pensamiento pasó fugaz por su cabeza, aprovechó para mirarla y tenía los ojos cerrados, apretados con fuerza, igual que su mano contra da la ella. Sintió que su amiga seguía siendo tan cobarde como siempre había sido en cuestión de alturas y, mirando al horizonte, sonrió mientras la velocidad de la bajada empujaba su melena rubia hacia atrás. Se alegró de que siguiesen siendo las de siempre.

21.9.10

11.

La carretera se le presentaba vacía, iluminada, larga y virgen. Sin dudarlo ni un minuto, aceleró y cambió de marcha. Aquel movimiento era su puerta al cielo, y nunca mejor dicho. El cinturón lo sujetaba y lo hacía sentirse extremadamente protegido, pese a notar que las imágenes de los laterales le pasaban tan sumamente rápidas que no las captaba con nitidez. Una curva, acompañada de una extrema recta que fácil provocaría el aburrimiento a cualquiera conductor. La mano de la palanca de marchas recorre el aire, como por impulso, y enciende la radio, como posible medicina contra la monotonía sonníferante. No se ven luces a lo lejos, ni tampoco cerca, que no sean las de las farolas. Algún edificio disperso, alguna casa divorciada y bastantes árboles productores de siniestras sombras.

18.9.10

10.

¿Puedes hacerme un último favor? Claro, y sabes que no tiene que ser el último. Ya... pero quiero que sea él último. Dime. ¿Puedes pedirme que cierre los ojos, besarme e irte antes de que los vuelva a abrir?¿Cómo? Si tengo que vivir de los recuerdos, quiero tener uno que me dea para vivir mucho tiempo. Cierra los ojos.

Sintió que accedía a su petición y sintiendo que aceptaba que sería su último favor y su último recuerdo, lo único que le quedaría, cerró los ojos poco a poco y la tristeza que guardaba salió comprimida en una lágrima justo en el instante en el que sus labios se encontraban con los que llebaba deseando tanto tiempo. Y no pensaba en otra cosa que no fuera que aquello era un adios y no un hasta mañana. No contó el tiempo, solo se fué desaciendo de su tristeza en pequeñas gotitas. Los labios se separaron y temió el tiempo que debería esperar para abrir los ojos. Quizás cinco minutos, tal vez veinte. Supo que sería lo más difícil que haría en mucho tiempo, pero sin tristeza ya dentro, hizo, muy despacio, que sus parpados fuesen levantándose hasta topar con su límite. Había cumplido, no estaba. Y su última ilusión de verlo allí enfrente, ignorando su favor, se esfumó. Se giró, cogió su chaqueta y emprendió camino hacia la puerta del bar, poniéndosela. La noche era perfecta y de ese lugar a la acera a casa, treinta metros, sesenta pasos. Pero era mejor hacerse a la idea, antes de empezar a caminar,de que esta vez el no vendría detrás, ni aparecería en el último minuto cuando estuviera a punto de meter la llave en la cerradura del portal. Esta vez, el había cumplido con su parte del favor. Ella sonrió, sin fuerza, mientras el último pensamiento de la noche le invadía la cabeza "nunca me gustó que fuese tan demasiado buena persona".

16.9.10

9.

Se que está rabiosa pero se le ve contenta. Es irónico verla sentada allí, delante de la ventana como una niña pequeña, viendo como las gotas caen unas sobre otras formando un gran charco.
No se da cuenta de nada más, de si la gente le habla o de si es la hora en la que debería estar haciendo otra cosa. Simplemente le gusta verla, la lluvia. Le gustó siempre. Siempre que se ponía el tiempo así y ella estaba en un sitio resguardado, se quedaba quieta y disfrutaba del verbo llover. Lo hacía siempre y ahora, cuando ya físicamente no era una niña, seguía haciéndolo. Es irónico, muy irónico. Pero me encanta.
Parece idiota, ella a pocos pasos de el, sentada viendo llover, como siempre. Lo hace desde que yo se quien es y lo peor es que el siempre se queda mirándola desde lejos. Con las veces que llueve al año y con los años que tienen y aún no se atreve a sentarse a su lado y a quedarse en silencio, mirándola como ella lo hace. Ella a la lluvia, el a ella y yo a el. Siempre odie la lluvia y creo que se el motivo.

15.9.10

8.

Pudimos haber saltado al vacío y, en un instante, despertarnos pero decidiste abrir los ojos y contemplar el abismo desde lejos.
Pérdida: el conocimiento de un posible final.
Ganancia: yo un sueño menos, ¿tu?

14.9.10

7.

- No sabía que iba a llegar a dolerte tanto
- Yo tampoco, creeme. De haberlo sabido no hubiese empezado con esto
- Lo siento
- Yo no. Fue lo mejor en mucho tiempo y no lo cambiaría por nada
- ¿Pero?
- Pero la lluvia siempre vuelve en invierno, igual que tu volverás con el al coger el coche
- Sabes que yo..
- Si, lo se. Me lo advertiste, tranquila. Vuelve con el, es lo justo

Ella abrió la puerta de su coche y montó en el asiento del conductor a la par que sonaba aquella vieja y tranquila canción, aquella que el escuchó para escribir su historia. La historia de 784 páginas de la cual era protagonista y la que lo llevó a ser conocido mundialmente. Aquella que, ahora que ya nadie recuerda el título, el sigue escuchando sin tener nada que escribir.

12.9.10

6.

Vi como se subía la cremallera de las botas marrones que tanto odiaba porque no se las quitaba de encima. También vi como se levantaba de la cama para dejar caer aquella camisa transparente sobre su cuerpo, dejando ver su espalda morena y su sujetador negro. Vi como la melena le hacía una pequeña curva a la altura de los hombros y como aquel colgante en forma de pluma quedaba medio montado sobre su escote. Vi como pasaba por mi lado y cerraba la puerta para no volver a entrar. Vi que cuando lo hizo no miró atrás. Y no lo vi pero si lo olí. Ella me estaba dejando y yo, no corrí tras ella.

10.9.10

5.

Llevaba toda la noche evitando su mirada, ahogándose entre conversaciones y risas perdidas de desconocidos. A él era al único al que ignoraba, viendo como ahora era a otra a quien regalaba su boca. El mar era un plato y el cielo estrellado anunciaba que al día siguiente haría un sol espléndido  Un sol que en pocas horas empezaría a salir.

-¿Te pasa algo conmigo?
- No
- ¿Y por qué llevas toda la noche ignorándome solo a mí?

En ese momento le hubiese gustado decirle un millón de cosas, darle tres mil razones, pero, como en los últimos metros de la carrera, siguió con su actitud nocturna. Lo miró y volvió a huir.

9.9.10

4.

Eché a reír  como la más loca de entre las locas, mientras los edificios de la ciudad me miraban sorprendidos y extrañados. Caí en la cuenta de que reírme no me llegaba y eché a correr, rápido, muy rápido, demasiado rápido. Reía y corría mientras en mi cabeza escuchaba aquella canción que tantas veces había escuchado en tan pocos días. Y llegué al sitio exacto, me rendí y dejé de correr para caer desplomanada en el suelo, bajo la luz de la enorme luna de una noche de mayo. No corría pero seguía riéndome y, justo cuando la canción se acababa en mi mente, tu me la empezaste a cantar al oído. Yo tuve que dejar de reír, porque ya no era feliz sino perfecto.

8.9.10

3.

El sabía que lo iba a tener muy complicado porque jugaba con todos sus vecinos y era necesario tener en cuenta que el más pequeño le sacaba ya seis años. Alguno de ellos incluso tenía algún hermano que conducía coches grandes, de verdad, de los de gasolina, mientras el aún seguía con los ruedines atornillados a su pequeña bicicleta. A sabiendas de todo esto, estaba convencido de que podría llegar a quedar en buena posición. Otra tarde más el trozo de tierra más abandonado de la aldea era escenario del torneo de canicas más famoso del lugar y el, estaba compitiendo por primera vez. No era tomado en cuenta ni como un posible finalista porque sus enclenques bracitos no eran ni menos comparables a las manos de los demás, pero ella estaba allí y no podía fallarle. Llevaba rogándole a su hermana mayor que convenciese al resto para que lo dejasen jugar algún día y, ya que lo había conseguido, no podía ahora fracasar. No delante de ella. Así que empezó torpe y sin orientación. Los dedos con los que lanzaba incluso le dolían un poco por querer alcanzar la máxima distancia pero sonreía cada vez que el pie le cogía entre las canicas mucho mejor que al resto al calzar más grande. Compensaba así la ventaja de sus pequeños pies la desventaja de sus pequeñitos dedos. No ganó e incluso perdió alguna que otra canica entre la tierra pero volvió a casa con la máxima sonrisa en la cara. De la mano de ella y tras oír un: "Acabas de darle una paliza a eses tontos, enano. Mañana los retamos a los trompos".

7.9.10

2.

Y esa noche, esa noche no hubo palabras ni reproches. Solo miradas, roces y todo lo que eso conlleva. Ella se dejó y el se abandonó. Quisieron dejarlo por momentos pero no se coordinaban. Cuando ella se intentaba separar el se lo impedía y cuando era él quien buscaba librarse ella lo sujetaba con todas las fuerzas que tenía. Llevaban tanto tiempo queriendo perderse el uno en el otro que no pensaron en nada más. Fue primero cruzando una puerta, luego cayendo en un sillón viejo para seguir por el pasillo y acabar tropezando con la alfombra. Su vestido estorbaba y el se estaba dando cuenta. Ella se ensañó con su cinturón, luego con el botón de sus vaqueros y posteriormente con su boca. El ya no podía desnudarla más de lo que estaba y temblaba al verla así. Ella, entre vergüenza y felicidad solo sabía callarlo a mordiscos. No había remordimientos ni pensamientos hacia terceras personas porque en ese momento eran solo ellos dos y el mundo les importaba bastante poco. Un pie se entrecruzaba con otro y una mano, salvaje, buscaba soltarse de su pelo sin saber hacerlo. Con los ojos cerrados luchaban contra todo objecto que entorpeciese el choque de sus cuerpos, no querían entrometimientos. Ella lo llevaba esperando demasiado y el, inconscientemente, suspiraba lo nunca suspirado. Su móvil sonaba pero el lo ignoraba. Ella sonreía, con miedo, aun que no lo admitía. El estaba ya seguro y ella quería morirse a su lado. Ambos miraron el reloj e ignoraron el tiempo. Esa noche, no hubo palabras ni reproches. Esa noche, esa sola noche, los dos se enamoraron perdidamente.Y luego ya nada volvió a importar porque nunca los volverían a ver. Fue la noche en la que dos personas se abandonaban al acto del amor mientras sus cabezas paseaban entre el resto de los individuos de la ciudad. Una despedida en toda regla, sin adioses ni lágrimas.

6.9.10

1.

A veces, lo único que te apetece es cambiar pero por mucho que las ganas te puedan, el cuerpo te impide moverte. Lo sabes, simplemente no haces caso de la rotunda voz que grita ferozmente en tu hemisferio craneal izquierdo. Esta vez, el silencio va a liderar la más brutal y sangrienta lucha contra ese estremecedor relámpago mental. Lo que no sabes es si ganará o si ambas fuerzas acabarán haciendo que en tus ojos solo exista la lluvia. Esperemos que el tiempo cambie.