21.9.10

11.

La carretera se le presentaba vacía, iluminada, larga y virgen. Sin dudarlo ni un minuto, aceleró y cambió de marcha. Aquel movimiento era su puerta al cielo, y nunca mejor dicho. El cinturón lo sujetaba y lo hacía sentirse extremadamente protegido, pese a notar que las imágenes de los laterales le pasaban tan sumamente rápidas que no las captaba con nitidez. Una curva, acompañada de una extrema recta que fácil provocaría el aburrimiento a cualquiera conductor. La mano de la palanca de marchas recorre el aire, como por impulso, y enciende la radio, como posible medicina contra la monotonía sonníferante. No se ven luces a lo lejos, ni tampoco cerca, que no sean las de las farolas. Algún edificio disperso, alguna casa divorciada y bastantes árboles productores de siniestras sombras.

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