22.9.10

12.

Notó que le estaba apretando de repente la mano. Con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo. El vagón había llegado a lo más alto de los hierros atornillados y ahora solo cabía esperar que la gravedad cumpliese su parte. En la fracción de segundo en la que ese pensamiento pasó fugaz por su cabeza, aprovechó para mirarla y tenía los ojos cerrados, apretados con fuerza, igual que su mano contra da la ella. Sintió que su amiga seguía siendo tan cobarde como siempre había sido en cuestión de alturas y, mirando al horizonte, sonrió mientras la velocidad de la bajada empujaba su melena rubia hacia atrás. Se alegró de que siguiesen siendo las de siempre.

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