26.9.10

13.

Era el hotel más perfecto en un radio de 50 km y bajaste del coche. Tu mano derecha agarró mi bolso y la izquierda optó por abrirme la puerta. No hizo falta ni que la cerrara porque corrimos por las diecisiete escaleras de piedra que nos llevarían a la puerta giratoria más cara de la ciudad. Me solté el pelo y tu sujetaste mi cintura. Me miraste mientras intentábamos que los cristales no nos empujaran hasta llegar a la salida. Nuevamente, ya fuera, bajamos corriendo también esta vez las mismas escaleras que habíamos subido hace un minuto y, como dos estúpidos enamorados que salen de la habitación más remota de lo insospechado, montamos en el coche y huimos en busca de otro sitio donde mirarnos.

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