8.9.10

3.

El sabía que lo iba a tener muy complicado porque jugaba con todos sus vecinos y era necesario tener en cuenta que el más pequeño le sacaba ya seis años. Alguno de ellos incluso tenía algún hermano que conducía coches grandes, de verdad, de los de gasolina, mientras el aún seguía con los ruedines atornillados a su pequeña bicicleta. A sabiendas de todo esto, estaba convencido de que podría llegar a quedar en buena posición. Otra tarde más el trozo de tierra más abandonado de la aldea era escenario del torneo de canicas más famoso del lugar y el, estaba compitiendo por primera vez. No era tomado en cuenta ni como un posible finalista porque sus enclenques bracitos no eran ni menos comparables a las manos de los demás, pero ella estaba allí y no podía fallarle. Llevaba rogándole a su hermana mayor que convenciese al resto para que lo dejasen jugar algún día y, ya que lo había conseguido, no podía ahora fracasar. No delante de ella. Así que empezó torpe y sin orientación. Los dedos con los que lanzaba incluso le dolían un poco por querer alcanzar la máxima distancia pero sonreía cada vez que el pie le cogía entre las canicas mucho mejor que al resto al calzar más grande. Compensaba así la ventaja de sus pequeños pies la desventaja de sus pequeñitos dedos. No ganó e incluso perdió alguna que otra canica entre la tierra pero volvió a casa con la máxima sonrisa en la cara. De la mano de ella y tras oír un: "Acabas de darle una paliza a eses tontos, enano. Mañana los retamos a los trompos".

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