9.9.10

4.

Eché a reír  como la más loca de entre las locas, mientras los edificios de la ciudad me miraban sorprendidos y extrañados. Caí en la cuenta de que reírme no me llegaba y eché a correr, rápido, muy rápido, demasiado rápido. Reía y corría mientras en mi cabeza escuchaba aquella canción que tantas veces había escuchado en tan pocos días. Y llegué al sitio exacto, me rendí y dejé de correr para caer desplomanada en el suelo, bajo la luz de la enorme luna de una noche de mayo. No corría pero seguía riéndome y, justo cuando la canción se acababa en mi mente, tu me la empezaste a cantar al oído. Yo tuve que dejar de reír, porque ya no era feliz sino perfecto.

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