6.11.10

25.

Nunca, ya desde pequeño, le había gustado hacer rimar el final de las palabras, de las frases. Odiaba la poesía en el colegio, no la entendía. ¿Como poder sentir algo leyendo solo terminaciones iguales? Lo tenía por una pérdida de tiempo y, al igual que la consonancia de los sonidos finales, tampoco le atraía la consonancia de los cuerpos humanos. No lo veía esta vez aburrido sino imposible. Porque unir a dos personas en un equilibrio poético era, para el, robarle la esencia más pura de lo humano.

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