2.1.11

36.

No era la noche de fin de año, ni tampoco la madrugada del día siguiente. No era una noche de celebraciones, ni a gran ni a pequeña escala. Eso fue lo primero en lo que pensé al verlo tan bien vestido, de traje. En un lado, cerca de la pared de la entrada, destacaba por su ambigüedad entre la poca gente que había en el local. Eso fue lo segundo que vi en el, su soledad arrolladora. Seguramente cometería un error al pensar en la posibilidad de que fuese un novio abandonado a las puertas del si quiero y, lo cometería más aun, imaginándomelo en una comunión, bautizo o demás fiestas cristianas. Tras tanto matiz, caí en la cuenta de que mi error había sido dejar para el tercer lugar el fijarme en que, seguramente tras el efecto del alcohol, ya ni pajarita ni corbata figuraban en su cuello. El último botón no estaba en su correspondiente ojal si no divorciado de el y, lo más fuerte, el borde derecho de la camisa se presentaba por fuera de su pantalón gris oscuro.
No provenía de ninguna celebración, ni grande ni pequeña, solo estaba diciéndome con una mano que me acercara.

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