12.1.11

37.

Era la última tarde que pasaría con su mejor amigo y, por las tonterías acometidas la noche anterior, se estaba jugando una amistad de más de quince años. Uno tenía razón para enfadarse y el otro para pedir disculpas. Uno debía dar a torcer el brazo y el otro dejar de quebrárselo para agarrarlo fuerte y estrecharlo en un abrazo. Un apretón de cuerpos entre hombres hechos y derechos que no se verían hasta dentro de nueve meses. Entre hombres, que al fin y al cabo, al dejarse ir por el orgullo, seguían siendo niños.

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