26.1.11

39.

Levantó la cabeza de mi brazo y me dijo desde muy cerca que se iba ya a la cama. Vi como al levantarse la melena le caía del hombro a la espalda y el camisón de la cintura al resto de las piernas. Fue en ese momento, cuando se metió en la habitación y arrimó la puerta, cuando me acordé de ti. Me di cuenta de que si tú fueses ella, la situación no sería para nada igual.
Tú siempre te sentabas en el borde contrario del sofá, con las piernas dobladas dejando ver la mayor parte de los calcetines. Te gustaba ponerte así para hacerte la dura conmigo, al igual que te gustaban los pantalones de pijama, dos tallas más grandes que la tuya, combinados con camisetas sin sentido. Si fueses tú la que estuviera viendo aquella vieja película conmigo, no vería tu melena caer, porque llevarías el pelo atado en una coleta imperfecta, con algún que otro pelo suelto. Pero sobre todo, si ella no fuera ella y fueras tú, no te irías a la cama. Aguantarías a que fuese yo el que adormilado te pidiese, muy bajo, que vinieses conmigo. Seguramente “no tengo sueño” sería tu respuesta, harías lo que fuera para que finalmente me quedase medio en coma en tu cintura.

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