30.3.11

54.

Se despertó sin pensar, solo dándose cuenta de que esa mañana estaba ya, sin más, entre las tres mejores del año. No podía pensar, pero recordaba todas las partes del cuerpo que, hacía escasas horas, había examinado en profundidad. El que después de tanto tiempo deseando repetir lo que hacía años atrás, noche tras noche y mañana tras mañana, se hubiese cumplido esa noche, le impedía funcionar al pensamiento. Ni al pensar ni al creer. Aún sus pies no habían bajado de la cama y mucho menos de la nube en la que meditaba. Entre sábanas y sin ella. No es que se fugara cual novia embustera, había bajado a preparar seguramente el desayuno post-encuentro amoroso. Podía apostar cualquiera inmensa cantidad a que tendría cereales y leche a un lado de la bandeja, café en el centro y fruta muy cortada, manzana y kiwi, a la derecha de todo. Ahora el pensamiento se despejaba, podía permitirle reír mientras pensaba en lo bien que la conocía. Estaba descubriendo que tantos años de relación habían servido para amoldarse a los hábitos comunes, a sus hábitos. De ahí a dar un salto, ponerse una camisa, unas zapatillas y bajar las escaleras que daban al salón no quedaba más que el ansia de volver a verla recién levantada, con su coleta, para besarla al pie de la nevera. Todo podría haber salido perfectamente si no fuese por aquel maldito sonido de teléfono.

- Diga (...) Si, acabo de despertarme hace un rato (...) ¿Y tú como lo llevas? ¿Vuelves pronto? (...) Si, yo también te echo mucho de menos cariño...

No le hizo falta escuchar más para saber que sus pies acababan de aterrizar. Ella ya no estaba con él, estaba con otro más rico, con un trabajo mejor y de apariencia más joven. Se había colado en su cama sin saber cómo ni porqué. Habían vuelto a su etapa juntos por unas horas y ahora tocaba bajar la cabeza y asimilar la dolorosa verdad de lo real.
La sonrisa que ella tenía al decirle que lo echaba de menos era más brillante y más táctil que la que le entregó a él cuando asomó su cabeza en la cocina hacía seis minutos. Se fue entonces. Se fue pasando por su lado, viendo perfectamente los kiwis y la manzana roja en el plato, y mirándola hablar por aquel aparato de color gris opaco. Dejándola con su verdad y volviendo él con la suya.

20.3.11

53.

No había hecho nada. No había ni manifestado una mínima reacción, externamente claro. No había articulado palabra ni ofrecido muecas. No había hecho, absolutamente, nada. Simplemente seguía leyendo aquella revista pestilenta de hace números atrás que a nadie le había llamado la atención. De la misma forma que el a ella. No le había ni llamado, mínimamente, la atención. Era la novedad, era el pase perfecto para olvidar tardes de sol y poder llevar con más calma tardes de hojas secas. Era su oportunidad de volver a no tener que dar explicaciones ni sucumbir a los reproches matutinos. Y si, no le había dicho nada de esto. El seguía pensando que en algún momento levantaría la cabeza de aquel conjunto de hojas grapadas al escuchar el sonido del pisar las hojas. Ella seguía firme en entender que aquel retal de letras y fotos era lo único en lo que centrarse aquella tarde.

19.3.11

52.

Empezó a sentir frío en las puntas de los pies y notó que estaba llegando ya la hora de despertar. Tras cinco horas de viaje era normal que se quedara dormida. El asiento del coche no era en mejor sitio para soñar pero por lo menos hacía que el sol que entraba por la ventanilla se sintiese mucho más suave. El paisaje corría tras el cubículo cuadrado y no volvía a repetirse, eran, todas, imágenes nuevas y extraordinarias. Dignas de no olvidar. Ahora solo le apetecía ver otro dibujo coloreado, pero esta vez del interior del vehículo. Si, el seguía allí, agarrado a su volante con toda la firmeza de quien tiene que conseguir que ella llegue a tiempo. Seguía cantando muy bajito las canciones del viejo CD que le regalara. Seguía igual que cinco horas antes. Sonriéndome.

12.3.11

51.

Todo estaba en su lugar, tal y como lo había dejado. Los platos seguían siendo los habitantes de la lacena superior. Al lado los vasos: los altos, los normales y los pequeños, esos que le encantaban a sus enanos. La mesa permanecía arrimada a la pared, con el mantel coloreado y las marcas de bolígrafo. Aquellas marcas de color azul que tanto tiempo le habían robado al intentar borrarlas sin resultado. El fregadero figuraba impoluto, pero no tanto como todo el mármol gris de las sillas. La nevera mantenía su decoración de dibujos ya algo desgastados, pero que mantenían los trazos y los diferentes colores todavía vivos.
Los años no habían pasado por aquella cocina, sin embargo, le atemorizaba salir al pasillo y adentrarse en las habitaciones.

11.3.11

50.

- Oye, ¿qué te pasa? ¿a qué viene esa cara?
- Es que no se ha dado ni cuenta de que ya han pasado más de cien días...
- Pero... ¿aun sigues empeñado en ella? No eres tonto, sabes de sobra que está con otro. Los viste más de una vez por la calle y no es la primera vez que lo besa delante de ti.
- Ya, si yo me alegro de que esté siendo lo feliz que nunca había sido pero... son cien días. Cien, que se dice pronto. Y, con lo lista que es, me extraña que en ninguno de estos días se haya atrevido a preguntarme que fue lo que pasó realmente.
- Venga tío, olvídala. Sabes que las personas a veces nos complicamos la vida sin saberlo. Tu ahora lo estás haciendo. Ella quiere vivir sin saberlo y tú tienes que saber que solo te queda vivir sin ella.

9.3.11

49.

Se que llegará de un momento a otro. Veré como la puerta se va asomado hacia la derecha lentamente. Evitará hacer ruido alguno y sabrá que yo miraré cara donde ella esté, porque la voy a sentir. De todas formas, me haré la loca y seguiré como si nada escribiendo sobre el folio de la mesa. Se confiará. Estoy completamente segura de que será entonces cuando arrime su cabecita por la ranura de la puerta, antes abierta, y deje caer la pequeña coleta rubia del centro de su cabeza. Entonces me giraré a toda velocidad justo cuando ella se eche a reír. Súbitamente  Ambas dejaremos todo tirado por el suelo mientras yo corro a cogerla y ella corre a escapar. Será como siempre hace, todas las tardes. Lo mejor es que en todos los finales la acabo alcanzando y viendo, de entre esa pequeña sonrisa,que ya son 3 los dientes que habitan en su boca.

8.3.11

48.

Se tapó, desde los hombros hasta el ombligo. Y se rió, se rió a carcajadas como una niña tonta. ¿Por qué ahora ese inexplicable ataque de vergüenza? No tenía sentido sonrojarse cuando ya el conocía todo su cuerpo. Quizás fuese el llevar tanto tiempo sin compartir ducha o tal vez la sorpresa de que siguiese controlando el abrir la puerta del baño cuando estaba pechada por dentro. Pero era el, seguía siendo el aún tras tanto tiempo de divorcio. Matizó, reflexionó y dejó caer el jersey con el que se cubría.

7.3.11

47.

Harto. Estoy completamente harto.
La luz amarillenta, casi apagada, de la entrada de la oficina. Las mañanas de sábado entre archivos. El edificio número 55, piso 6ºD. Sacar el coche del garaje para volver a meterlo 9 horas más tarde. El café, más bien el agua del tazón con color a café, con escaso sabor a azúcar.
Todo me tiene harto.
No fui nunca de quejarme por tonterías, es más, considero que quejarme es una acción que no se debería de incluir entre las que habitualmente realizo, pero uno tiene un límite. Este ha sido el mío.
Que la gente se refiera a mi como el hijo de, el hermano de, el amigo de... me tiene hasta las narices. También me llega bastante arriba que mi madre no confíe en mí pese a mi edad o que, tras 6 años conduciendo, sigan diciéndome que con el tiempo le pillaré el punto.
Pues no. Estoy harto. Estoy completamente harto.
Quiero que empiecen a aceptar que no me gusta la navidad, ni la piscina, ni el sabor de chocolate en los helados. Me tiene harto tanto adjetivo calificativo con el que encasillarme, opinar sobre mí y, lo peor de todo, juzgarme. Sí, fui yo el que, sin querer, hice que la lámpara del salón, la que mamá había pintado a mano con tanta delicadeza durante medio año, acabará esparcida en pequeños trocitos sobre el suelo. Bueno, es que ni así acabó, la historia fue que sin querer hice que sus partículas constituyentes se repartieran por todo el entramado mosaico de la alfombra vienesa. También tendré yo la culpa del efecto que produce el cinto de una gabardina sobre el reposo de un trozo de porcelana colorida.

6.3.11

46.

Se cansó del juego de la nocturnidad semanal, de los intentos fallidos de atracarle la boca. Se dio cuenta de que ya no merecía la pena invertir una noche cada semana en alguien como ella. Al final era verdad aquello sobre lo que siempre había reflexionado: lo único que le atraía de ella era el misterio y la negatividad que la caracterizaba. Excepcionando eso, ella solo era otra más de entre el resto de las caras. Besaba bien, eso ya se lo decían siempre, pero nada que no se encontrara, con más tiempo y nuevas experiencias, en otras. Se cansó y decidió decirle, previamente, que esa semana no le interesaba en absoluto besarla.

4.3.11

45.

Ahora era más fácil decir que el sueño estaba agromando. Evitar tener que hacer frente a la situación que nunca se llegaría a dar. No se pudo hacer nada porque primero fue un pijama, luego una sábana y, finalmente, una manta. Hizo lo que dijo que haría: descansar. Meterse en la cama y dormir. Tomarse un fin de semana para su tiempo y para sus cosas. Pensaría en todos los cambios que vendrían, en las cosas que echaría de menos y en aquellas que, no muy tarde, comenzaría a adaptar. Se centró en su persona, no escatimó en ego ni en autoestima y, al final, se dio cuenta de que, al decirle aquella vez que se iba ya para cama, a ella no le dio ni tiempo a decirle adiós. Quizás, simplemente no quisiera decírselo.

1.3.11

44.

Después de compartir tanto tiempo, tras descubrir tantos momentos, caes. Caes, como persona, en la cuenta de que nada sigue igual. Para nada. Tras haber prometido quererlas siempre, tras prometer que los caminos se volverían a encauzar, ves que lo único que has conseguido es pensar en ello luego de un baño de hora y media. Pensar para llegar a la conclusión de que todo lo bueno que tiene la razón crítica del ser humano se anula, a veces, con la manifestación del orgullo. Cuanto tenemos, cuanto nos sobra. Cuanto teníamos, cuanto nos falta.

43.

El se atrevió a cogerlo de la mano. Solo llevaban cosa de media hora paseando al compás de una tarde pero notaba que el necesitaba que diera el paso de hacer público que no les importaba mostrar que estaban juntos en aquello. Aquel jardín y aquellos bancos. Aquel sol. El momento en el que su mano cogió la de él y fijarse en que llevaba puesto su reloj. El que todas las noches quitaba y posaba en la mesilla de su habitación para recordar el momento en el que todo empezaba y para olvidar la hora en la que todo se acababa. Ahora ya no necesita reloj. Como pasa el tiempo...