7.3.11

47.

Harto. Estoy completamente harto.
La luz amarillenta, casi apagada, de la entrada de la oficina. Las mañanas de sábado entre archivos. El edificio número 55, piso 6ºD. Sacar el coche del garaje para volver a meterlo 9 horas más tarde. El café, más bien el agua del tazón con color a café, con escaso sabor a azúcar.
Todo me tiene harto.
No fui nunca de quejarme por tonterías, es más, considero que quejarme es una acción que no se debería de incluir entre las que habitualmente realizo, pero uno tiene un límite. Este ha sido el mío.
Que la gente se refiera a mi como el hijo de, el hermano de, el amigo de... me tiene hasta las narices. También me llega bastante arriba que mi madre no confíe en mí pese a mi edad o que, tras 6 años conduciendo, sigan diciéndome que con el tiempo le pillaré el punto.
Pues no. Estoy harto. Estoy completamente harto.
Quiero que empiecen a aceptar que no me gusta la navidad, ni la piscina, ni el sabor de chocolate en los helados. Me tiene harto tanto adjetivo calificativo con el que encasillarme, opinar sobre mí y, lo peor de todo, juzgarme. Sí, fui yo el que, sin querer, hice que la lámpara del salón, la que mamá había pintado a mano con tanta delicadeza durante medio año, acabará esparcida en pequeños trocitos sobre el suelo. Bueno, es que ni así acabó, la historia fue que sin querer hice que sus partículas constituyentes se repartieran por todo el entramado mosaico de la alfombra vienesa. También tendré yo la culpa del efecto que produce el cinto de una gabardina sobre el reposo de un trozo de porcelana colorida.

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