5.4.11

57.

Cada vez que suena esa canción, esa maldita canción, irremediablemente tu pelo se posa en mi cuello y tu cara toca mi pecho. Tu aliento rebota sobre mi piel y mi subconsciente se tapa con las mantas de aquel olvidado piso de ciudad. Motivos estos suficientes como para que me de alergia esa música, para que no soporte la letra y me agobie la mezcla de ambas cosas. Cosas de una canción que, al fin y al cabo, cuando hace que vuelva a escuchar aquel “podría quedarme así para siempre” se convierta inexplicablemente en la canción más perfecta de entre las mejores.

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