24.4.11

64.

Escuchó el timbre y entendió la señal a la perfección: habían llegado, justo a tiempo y euforicamente. Esa noche todas las expectativas estaban puestas en la consecución de un solo fin, celebrar que habían acabado. Eran libres y se sentían bien.
Tras tantos años juntos, encerrados en clases y en lo que no eran clases, ahora tocaba festejar que su meta estaba lograda. No querían tampoco sentirse viejos y acabados, por lo que habían planeado empezar la noche temprano para poder llegar a disfrutarla hasta la salida del sol. Era una promesa grupal, de las que non se pueden quebrantar.
Cogió llaves, cartera y colgante, y trataba de guardar ambos primeros en el bolso a la vez que llamaba al ascensor y se ponía el collar. Ese collar que nunca se quitaba de encima. En cuanto consiguió resolver todo, pulsó el botón de planta baja. Ahora sólo faltaba esperar la bajada de siete pisos, que para las nuevas tecnologías no supone nada, y presentar su nuevo modelo en público.
En cuanto notó la parada a la altura de la mitad del tercer piso, se dio cuenta de que el plan de empezar la noche tempranito no saldría positivamente adelante. Tuvo tiempo para pensar en lo que esa celebración supondría. Seguramente algún secreto desvelado, algún fugaz plan de futuro, algún chiste y muchas anécdotas graciosas, lágrimas de los más sensibles y burlas por parte de los duros del grupo... tras todo esto, llegaría la despedida.
Serían libres y ya no se sentirían tan bien.

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