27.4.11

65.

Era la persona más tímida que había conocido, o al menos eso era lo que perfectamente aparentaba. Se reía con y sin motivos pero nunca lo hacía de verdad. Lo había conocido... no se, tal vez por la calle, quizás gracias a un par de presentaciones. Sinceramente, ya no tiene ni idea de como empezó todo pero no olvida como es: frío. Bajo su timidez característica esconde el potencial de las típicas personas que no se dejan mostrar, ellos son así, el es así. Escaso en palabras y grande en conocimientos. Así era el y así le gustaba que fuera. Ya no recuerda como empezó todo pero si tiene memoria para apuntar el momento en el que cambió, fue de repente, sin aviso previo. De un día para otro, cambiaba su forma de vestir, sus expresiones desaparecían, su imagen semejaba otra y, lo peor, su forma de ser también sucumbía a la mutación. Nunca se lo perdonó, eso no. Consistió días malos, incluso días en los que el silencio era su única transmisión. Dejó que le hablase de ellas, que sus historias fuesen objeto de sus penas, que le dijese que no dos mil cuatrocientas trece veces y que no le contestase a las preguntas que cuestan tanto hacer. Permitió que no prometiera lo que decía, que usase primero el verbo tocar y luego se refugiase en el olvidar pero no el que cambiara. Dejaba los cuadros por las rayas, los colores neutros por los que llamaban la atención, las tiendas olvidadas por las que usaban rótulos, las noches de estudio por las madrugadas con amaneceres resacosos y dejaba de ser el chico tímido para convertirse en el frío. No lo comprendía ni lo olvidaba. No lo comprendo ni lo olvido. No te comprendo ni te olvido. Ahora, solamente ya no importa.

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