31.5.11

80.

La luz de los focos comenzó a perderse entre el comienzo y el final del trayecto de los párpados, mientras el comenzaba a articular todos los músculos de su boca. Un acorde de guitarra, tres notas de piano, un violín y de fondo un bajo. El sonido aparecía desde muy lejos, muy débil, acompañando a la melancólica voz de él. Los segundos pasaban, la canción empezaba a cobrar sentido, la letra escupía verdades como templos bajo ironías del tamaño de catedrales. Se estaba insinuando una despedida, un motivo y muchas razones. El bajo estaba listo para realizar su minuto de gloria después de llevar cuatro a la sombra, figurando de mero acompañante. El violín decía adiós para no volver a salir a escena y el piano callaba por momentos para compartir el aire con las palabras de él. La oscuridad seguía siendo el color de fondo y una segunda voz, repentina y demasiado suave, casi imperceptible, aparecía para hacer los coros al final de las cuatro frases anteriores al fin.
Los instrumentos se fueron callando y él se quedó como deseaba desde hacía siete minutos: solo con el piano.
Soltó las manos de su guitarra y se agarró al micro, cantó con la más fuerte de las fuerzas durante los últimos versos de la composición y calló de repente. El piano siguió durante diecisiete segundos, solo, e hizo una pausa. Tras esto, él dijo sus últimas cinco palabras enlazadas y sonaron siete teclas de piano.
El fin, marcado por la vuelta a la claridad dolorosa de los focos, cuando el final del párpado dice adiós al principio.
En la sala, nadie que lo hubiese escuchado cantar la mejor de las melodías que había interpretado y pensó que, tal vez, era mejor así.

29.5.11

79.

Continuaba mirando por la ventana derecha de la parte de atrás del coche. Delante conducía él y lo miraba ella. Parecían idiotas comiéndose el mundo a velocidades extremas por carreteras conocidas. La música perforaba todos los poros materiales, tanto cutáneos como materiales, y la Policía no debía de andar muy lejos. La situación era fugitiva y también fugaz. La de delante no sabía realmente nada. Su aureola de felicidad compartida con otro ser humano le impedía percibir las miradas fulminantes que él le lanzaba, a la de atrás, mediante el retrovisor. No eran mutuas, ella no soportaba aquella situación. El corazón era para una y la noche para otra. A una le decía cosas bonitas mientras a la otra se lo demostraba. Era el peor trío de la historia. Desconocido por quien debía saberlo y perfectamente conocido por aquellos que querrían caer en una amnesia profunda.

27.5.11

78.

La luz, de la ventana izquierda, en el edifico azul se volvió a encender. El tercer piso, letra par. Como cada mañana, su inquilino se levantaba apoderándose del último minuto de sueño para arrastrarse, de forma serpenteante, a la ducha. Maldita manía de hacerlo por la mañana y no de noche. Las tostadas no estaban todavía listas y ya la mantequilla y la mermelada figuraban abiertas encima de la mesa. Mientras, vestirse con la máxima rapidez y contrastar todos los ángulos de las ventanas para, profesionalmente, decidir si coger el coche o pagar un autobús hacia la oficina. Pisar la acera, algo que quedaba ya tan lejano.

Pisar la calle, otra mañana más. El frío azotando, sin piedad, sobre la cara y las manos, nada más cruzar el portal. Las zonas oculares y las cercanas a estas siempre son las más afectadas y, al no ser horas de que el sol aparezca, unas gafas oscuras no son la solución perfecta para conformarle una barrera a este. El estómago todavía haciendo de las suyas, un vaso de café mal calentado en el microondas y un rápido cepillado de dientes no le habían sido suficientes.

El tráfico no era fluido  El viento era insoportable. El maletín le pesaba. Las hojas de su carpeta luchaban por escaparse con el aire. Ya nada es soportable. Tomar la dirección a la parada del transporte público, pagar, subirse y chocar con un desconocido de traje. Pedirle disculpas a una joven adolescente, nerviosa y con la cara escarchada.

25.5.11

77.

Descalzo. Caminaba siempre descalzo.
Eduardo no era el típico niño que ayudaba a su madre en casa y buscaba a papá en el trabajo callejero al acabar el día. No se hacía el indefenso delante de los pocos viajeros que merodeaban perdidos mientras su hermana mayor metía sus finas manos en bolsos, bolsillos y carteras. Lo hacía si ganaba la batalla la necesidad pero a él lo que le gustaba en realidad era observar, sentarse sobre piedras y arena para mirar todo lo que conformaba, lo que por la gente era llamado, el espacio.
Tenía cinco años, los brazos cortos, las rodillas llenas de moratones y sangre seca, las uñas mordidas y los pies muy sucios. De lejos, un carro, tres señoras vestidas de un color azul desteñido, animales y polvo, mucho polvo de color ceniza. Ese era su espacio, su mundo: en un extremo el color gris oscuro de la ceniza y, en el opuesto, el recurrente ocre.
La gente vestida, como allí le llamaban, siempre le decía eso, que era del color del ocre, que su cara podría ser dibujada sobre cualquier fondo lumínico.
Eduardo no sabía de qué hablaban, él solo se fijaba en como sus perfectos y cuidados labios se movían, como a ellos no se le formaban pequeñas arrugas al lado de la boca ni alrededor de los ojos. Como aquellas ancianas tapadas por el color del cielo nocturno, todos venían de paso, con extraños colgantes de abalorios, hojas atadas con hilo de cuero y tapas negras, pequeños sacos de arroz y pastillas, pero nunca se quedaban.
Eran gente diferente, ellos tenían zapatos.

24.5.11

76.

A veces, cuando lo leo, vuelvo a llorar sin que nadie lo sepa. Es la típica historia tonta que a todos nos ha pasado en algún momento, en algún abril, quizás en un lejano marzo. Lo triste no es la historia, no es el fracaso de sus protagonistas ni su esperado y pésimo final. Lo triste es el recuerdo, es saber que esa historia salió de una experiencia desconocida para todo el mundo, narrada en primera persona. La tristeza, ese substantivo tan mal tratado y al que nunca se le da juego ni oportunidad es, probablemente, a veces lo único que a un loco le hace recordar que algún día su cabeza funcionada correctamente. Al menos, correctamente en el sentido que la cultura actual lo acepta. Hace que el alcohólico se quede mirando esos maravillosos siete segundos la boca de la botella antes de beber. Puede incluso, si su infelicidad es tal, que llegue a recitar dos o tres versos sin unión aparente a un nivel imperceptible por el oído humano. Hace, desgraciadamente, que las personas dejemos de ser lo que somos para pensar en lo que habríamos podido llegar a ser. Triste, tristeza.

22.5.11

75.

La vio allí arrinconada. Tirada, marchita. Sin color, triste. Él la miraba constantemente, a diario. Se acordaba de cuando no podía irse a la cama sin hablarle, sin tocarla, sin pensar en acostarse con ella, con su cuerpo, con su interior. Pensaba en cuantos momentos habían pasado juntos, su fiel acorde, su pésimo utensilio, su compañera. La había ido dejando con el tiempo, con sus compromisos externos y con sus citas a ciegas. Sus melodías solo figuraban ya en los dispersos papeles de la cocina, de la bañera, del pasillo. Sin más, ya no le quedaba inspiración alguna, al menos no sin la botella al lado. Su otra compañera incondicional. Los tres formaban, no el trío  sino la orgía completa. Aquellos días en los que solo necesitaba tocarla una y otra vez para sentirse realmente realizado, aquellos días en los que los vecinos lo escuchaban dar golpes contra todas las paredes de la casa. Para aquel entonces, todos los rincones eran buenos.

20.5.11

74.

Le enumeró atributos con los que nunca antes la habían calificado y eso, le gustaba. Ella sabía que era imposible, probablemente él fuera el más concienciado en ello, pero aún así, ambos seguían. Les gustaba saber que fuera donde fuera se verían, se escucharían, se llegarían incluso a tocar sin sentirse. Eso era lo malo, no tenían la posibilidad de sentirse. Ante eso, era imposible jugar. Ella sabía, además, que para él la máxima expresión del amor era, a su vez, la máxima forma de la práctica sexual y ahí es donde empezaba su distanciamiento. El moría por escucharla gritar, por sentir como le respiraba al lado del cuello mientras, entrecortadamente, decía su nombre. Ella moría por ver en sus ojos algo que nunca antes otra fuese capaz de conseguir, eso, que le diese a entender que después de tanto esperar y tanto probar, ella sería la última.

18.5.11

73.

Estaba sentado, frente a los papeles, miles de papeles, todos ellos esperando ser cubiertos por palabras sueltas, sin sentido, pero que, juntas, unas tras otras, conformasen uno de los textos más puramente deliciosos del planeta. Allí, en su habitación abierta al monte, al mugriento monte invernal del territorio norte, solo pensaba en cosas que poder plasmar con la pluma. Si, era un hombre de hecho, no se conformaba con un lápiz, menos con un bolígrafo y, ni pensar, en las nuevas tecnologías. Como las viejas cartas prohibidas, los textos debían salir de lo más profundo de la tinta negra, como mucho azul, de las plumas regaladas por la gente que aprecia tu capacidad de redacción. Allí, frente a los árboles, rondaban su mente miles de temas que, desgraciadamente, ya habían sido tratados por otros. Él quería un tema nuevo, un acontecimiento virgen, una historia para no olvidar. Que dejase, en definitiva, su huella. Por más que veía el movimiento del aire reflejado en los robustos troncos de los árboles, sabía que ya alguien hablara de ello. El clima húmedo del norte, la confección que este hace de la personalidad de sus habitantes, la esencia de la soledad acompañada de la naturaleza... sobre todo eso, que veía y sentía en el ahora, no podía narrar renglón, porque ya alguien había escrito sobre ello. Y así, pasaba día y noche, tarde y madrugada. Se levantaba temprano, se acostaba tarde. Se levantaba tarde y se acostaba temprano. Ninguna combinación hacía que su inspiración llegase, que su tema chocase contra los papeles en blanco. El color blanco, otra cosa sobre la que se hablara, junto la pureza, la nieve, la castidad, la fe, Dios...
Cayó en la cuenta de que era imposible pasar horas y horas esperando a encontrar algo diferente, diferente y no nato aún. Cayó en la cuenta, de que su tema debería ser ese: la abundancia de temas en el mundo y la escasez de los mismos.

17.5.11

72.

Se gritaron mutuamente  Ella, al principio, le respondía con un tono más subido para igualar el de él pero no con la finalidad de enfadarse. El, sin darse cuenta de este matiz o simplemente ignorándolo, seguía alzando la voz para decir cosas sin sentido. Cosas que ella no se creía, por dentro llegaba a reírse. El se dio la vuelta en la cama y dijo que le daba igual todo, que se fuera, que ya no quería pasar la noche a su lado. Ni aquella, ni ninguna otra más. Ella, viendo que se lo estaba diciendo sin mirarla a la cara, se levantó de su lado, se puso la ropa e hizo como que subía la cremallera de las sandalias.
Pisoteó fuerte el suelo de madera hacia la puerta y la abrió. Su felicidad hizo que se volviese para ver si él miraba pero no era el caso. Entrecruzó la puerta, tenía ya un pie en el pasillo y, no notando ninguna señal por la parte del cuerpo atrincherado en el colchón, volvió dentro de la habitación con el máximo sigilo y la pechó. Acababa de hacer que se fuera y justo en el momento en el que se escuchó el cerrar de la puerta, él tiró las sábanas hacia un lado y se levantó corriendo de la cama. Se paró en seco al verla aún allí.
La miró. Su cara seguía reflejando un enorme enfado, sin motivo. Le cogió la cara, se acercó a ella y simplemente dijo:
- No vuelvas a hacerme esto.

15.5.11

71.

Era un ático con muy poca luz, viejo y entablado. El suelo estaba conformado por tablones largos, delgados, de un castaño oscuro y desgastado. Pequeños clavos encajaban los bordes de unos con otros, hacía que encajasen, aún no de forma perfecta pero habitable. Las paredes eran de color ocre antiguo, con alguna que otra mancha dispersa. Por zonas, sobre todo lejos del único ventanal presente, figuraban aún las marcas donde seguramente una estantería, un cuadro y varios carteles del estreno de maravillosas películas habían estado colocados durante años. El último era grande, como si de un taquillazo se tratara. Tal vez un best-seller también. La puerta conservaba aun la clavija donde se colgaban las fotos y los papelitos con frases diarias para recordar. "Estamos en las afueras de la ciudad", "Buenos días, sonríe y sal a liderar la selva"... Algunas de ellas aún volaban en círculos en el rincón de la izquierda, justo la dirección que seguía el viento tranquilo que entraba desde el ventanal. Más vieja que todo lo poco que había entre aquellas cuatro paredes, la gran ventana de bordes marrones y cristales escarchados se mantenía firme. En el alfeizar decenas de cagadas de pájaros variados y un nido en el cableado que pasaba por debajo del mismo. El canto que, de todas aquellas aves que dejaban sus excrementos como recuerdo, era el ejemplo de la innecesaridad de despertador.
Allí arriba vivía uno despejado y tranquilo, a expensas de lo que metros más abajo pudiese estar pasando. No se escuchaban lo coches, no se oían gritos ni se veían monigotes con maletín y chaleco. Como la versión esperpéntica de los espejos del callejón del gato, en la celda de madera, como él le llamaba, todo transcurría sin dar explicaciones. Lo que pasaba allí, moría allí.
Ahora, cerca de la puerta, intentando salir por debajo pero imposibilitado por la doblez que figuraba en el, un último papel.
"El ascensor no funciona, gracias a las nuevas tecnologías tendrás exactamente siete minutos y medio más para pensar en la cara que pondrás al salir a la calle"

13.5.11

70.

- ¿Puedes abrir la ventana antes de irte por favor?
- Si, claro. No hay ningún problema...
- Adiós
- Adiós
Y al verlo irse, por la puerta, tras abrir de par en par las dos hojas de cuatro cristales, sintió que la mezcla de sol y viento de otoño estaba anunciándole una despedida que cambiaría radicalmente su rumbo. Ahora podría empezar a pensar individualmente, ahora podría contar en singular.

8.5.11

69.

El colchón y él. Su cara acercándosele lentamente. Ella optó por cerrar los ojos y dejarse llevar, como tantas veces había hecho antes.
De las últimas líneas de la persiana llegaban reflejos de luz nocturna, finos pero constantes, dejando ver el perfil de él, que acortaba la distancia entre ambos constantemente. Ella, con los ojos cerrados, sentía como su mano le tocaba el cuello, la rozaba verticalmente desde el borde de la camiseta hasta el final de la oreja. Unos dedos perdidos en el bolsillo de un pantalón ajeno. Una boca buscando la compañía de otra. La separación brusca de sus labios, hizo que su corazón empezase la carrera por ganar y se propuso recuperar lo perdido. Su espalda se despegó del colchón y se incorporó, de golpe, para rodearle el cuello con los brazos y hacer que volviera a hacerle compañía. Él sonreía a la par que, por obligación pero voluntariamente, la volvía a besar. Le gustaba que ella se indignara y fuera a por él. Los brazos en su cuello, y las manos entrelazadas soltándose para empezar a recorrer su pelo castaño oscuro, su cara morena. Sus ojos verdes le estaban diciendo todo lo que quería oír. Él la miraba mientras notaba sus dedos jugando con su pelo, pasándole fugazmente por el lado de su cuello y quiso hacerlo. Sabía que ya era hora. El turno de la sensualidad había acabado y ahora se iniciaba, por fin, la batalla sexual en la que ambos perderían. Él se alejó de sus labios y se lanzó directamente a su cuello, a su hombro izquierdo. Le mordía con demasiadas ganas, tantas, que se notaba que en cualquier momento podría decir su nombre. Las uñas de ella se clavaban en la fuerte espalda de él mientras rodaban hacía el suelo. Un golpe, una alfombra bailando al compás del movimiento de sus cuerpos y sonidos de respiraciones aceleradas de fondo. Ella le desabrochó el pantalón sin permiso y aprovechó el momento en el que él se los bajaba para subirle la camiseta, para arrancársela de golpe. El, sintiéndose en clara desventaja, fue directamente hacia su sujetador por debajo de la camiseta.

7.5.11

68.

Era una conversación de niños en medio de una noche de adultos. Dos y dos. Ellos por un lado, ellas por el otro y la pregunta tonta en el medio de todos. Uno le reprochaba al otro diferentes comentarios de un feliz pasado compartido mientras una de ellas irrumpía el diálogo para hacerse ver delante del primero de los que monologueaban. A todos les dio la risa, y para salir fácilmente del paso, el no contestó a la pregunta de ella sino que opto por coger a la otra. A la otra que no sabía ni de que marchaba la cosa pero le seguía la historia para hilar una trama coherente y con distintos golpes de interés. Ella, la que acababa de ser totalmente ignorada, simplemente sonrió resignada y se dio la vuelta con un par de palabras. Ninguno de los cuatro se esperaba que el clímax de su acontecimiento nocturno estuviese a la vuelta de un medio giro. El, él que tampoco sabía muy bien que hacía acercándose a la indignación y rompiendo el anterior rechazo, la sujeto de un brazo y le dijo todo lo que antes había querido escuchar como respuesta. Se lo dijo una vez alto y claro, delante de todos, para que a nadie le quedase la más mínima duda de lo que pensaba realmente. Se lo volvió a decir, una segunda vez, en un tono que necesitó de un acercamiento de boca y oreja para ser entendido. Para que ella supiera que lo que acababa de proclamar era algo que exclusivamente dedicaba a su persona. Se lo repitió, por última vez, y no con palabras sino con hechos. Cogió el mechón de pelo que le tapaba la oreja izquierda y de un golpe de muñeca lo hizo caer sobre el otro lado de la cara. Ahora su cuello estaba totalmente desierto. Con esa ventaja, se acercó, olió el perfume que jamás se había llegado a poner esa noche y le plantó un beso tres centímetros más abajo de su pendiente azul. Se apartó, la miró y se fue. Así, la noche, acababa de empezar.

3.5.11

67.

No podía estar mintiendo. Era imposible que con ese color de ojos saliera de su boca una palabra incierta y eso fue lo que la empujó a tomar la decisión de pedírselo:
- Llévame abajo y hazme el amor hasta que no nos queden fuerzas.
- ¿Sabes lo que me estás pidiendo? En el momento en el que metas un pie en el agua pueden ser muchas las personas que miren desde sus ventanas. Muchas se escandalizarán, pueden incluso gritar, llamarnos la atención, quejarse.
Lo tomó del brazo y lo metió de un empujón en el ascensor pero el impidió que tocase botón alguno. La sacó de aquel pequeño cubículo y la hizo correr escaleras abajo.
- Cuanto más tiempo me hagas esperar hasta llegar abajo, más ganas tendré de hacértelo.
El revisor llegó más tarde. Un bañador, un par de sandalias, una camiseta y la parte de arriba de un biquini figuraban dispersos por las escaleras del segundo al primer piso. Siguiendo el rastro, no tardó en descubrirlos metidos en la piscina. Sonrió, apagó la linterna y dejó que fuesen los pocos reflejos de la noche los únicos que presenciaran tales hechos.

1.5.11

66.

Se había dado cuenta justo al despertarse y mirar por la ventana, el tiempo se correspondería con su estado de ánimo. No llovía, como era habitual, pero tampoco hacía un día espléndido de los que provocan en las personas receptivas unas ganas enormes de irradiar vitalidad y antojos personales. El viento, calmo y caliente, no atizaba con fuerza las hojas de los árboles sino que solamente le daba los buenos días al pasar por su lado. Mientras, el color del cielo se sentía con afán camaleónico, cambiando de azul más claro a un gris casi blanco, momentáneamente. Por su banda, el resto de los elementos que conformaban el relieve no tenían importancia alguna. Meros bultos que adornaban unas vistas bastante destacables pero que solamente tenían una función ornamental. A nadie le importaba que la casa de la derecha fuese azul, blanca o amarilla. No llamaba la atención que el puente lo cruzaran tres personas, un niño o dos gatos. Los coches pasaban indistintamente por un lado que por otro de la carretera y el ruido no existía aquella mañana. Todo este conjunto era lo que hacía que se sintiese peor, la comparación de todo lo que veía con su persona misma. Su cara era el viento, el resto de su cuerpo el color del cielo. Lo que luego corría por su interior, como el resto de elementos del paisaje, no le importaba a nadie.