1.5.11

66.

Se había dado cuenta justo al despertarse y mirar por la ventana, el tiempo se correspondería con su estado de ánimo. No llovía, como era habitual, pero tampoco hacía un día espléndido de los que provocan en las personas receptivas unas ganas enormes de irradiar vitalidad y antojos personales. El viento, calmo y caliente, no atizaba con fuerza las hojas de los árboles sino que solamente le daba los buenos días al pasar por su lado. Mientras, el color del cielo se sentía con afán camaleónico, cambiando de azul más claro a un gris casi blanco, momentáneamente. Por su banda, el resto de los elementos que conformaban el relieve no tenían importancia alguna. Meros bultos que adornaban unas vistas bastante destacables pero que solamente tenían una función ornamental. A nadie le importaba que la casa de la derecha fuese azul, blanca o amarilla. No llamaba la atención que el puente lo cruzaran tres personas, un niño o dos gatos. Los coches pasaban indistintamente por un lado que por otro de la carretera y el ruido no existía aquella mañana. Todo este conjunto era lo que hacía que se sintiese peor, la comparación de todo lo que veía con su persona misma. Su cara era el viento, el resto de su cuerpo el color del cielo. Lo que luego corría por su interior, como el resto de elementos del paisaje, no le importaba a nadie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario