7.5.11

68.

Era una conversación de niños en medio de una noche de adultos. Dos y dos. Ellos por un lado, ellas por el otro y la pregunta tonta en el medio de todos. Uno le reprochaba al otro diferentes comentarios de un feliz pasado compartido mientras una de ellas irrumpía el diálogo para hacerse ver delante del primero de los que monologueaban. A todos les dio la risa, y para salir fácilmente del paso, el no contestó a la pregunta de ella sino que opto por coger a la otra. A la otra que no sabía ni de que marchaba la cosa pero le seguía la historia para hilar una trama coherente y con distintos golpes de interés. Ella, la que acababa de ser totalmente ignorada, simplemente sonrió resignada y se dio la vuelta con un par de palabras. Ninguno de los cuatro se esperaba que el clímax de su acontecimiento nocturno estuviese a la vuelta de un medio giro. El, él que tampoco sabía muy bien que hacía acercándose a la indignación y rompiendo el anterior rechazo, la sujeto de un brazo y le dijo todo lo que antes había querido escuchar como respuesta. Se lo dijo una vez alto y claro, delante de todos, para que a nadie le quedase la más mínima duda de lo que pensaba realmente. Se lo volvió a decir, una segunda vez, en un tono que necesitó de un acercamiento de boca y oreja para ser entendido. Para que ella supiera que lo que acababa de proclamar era algo que exclusivamente dedicaba a su persona. Se lo repitió, por última vez, y no con palabras sino con hechos. Cogió el mechón de pelo que le tapaba la oreja izquierda y de un golpe de muñeca lo hizo caer sobre el otro lado de la cara. Ahora su cuello estaba totalmente desierto. Con esa ventaja, se acercó, olió el perfume que jamás se había llegado a poner esa noche y le plantó un beso tres centímetros más abajo de su pendiente azul. Se apartó, la miró y se fue. Así, la noche, acababa de empezar.

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