22.5.11

75.

La vio allí arrinconada. Tirada, marchita. Sin color, triste. Él la miraba constantemente, a diario. Se acordaba de cuando no podía irse a la cama sin hablarle, sin tocarla, sin pensar en acostarse con ella, con su cuerpo, con su interior. Pensaba en cuantos momentos habían pasado juntos, su fiel acorde, su pésimo utensilio, su compañera. La había ido dejando con el tiempo, con sus compromisos externos y con sus citas a ciegas. Sus melodías solo figuraban ya en los dispersos papeles de la cocina, de la bañera, del pasillo. Sin más, ya no le quedaba inspiración alguna, al menos no sin la botella al lado. Su otra compañera incondicional. Los tres formaban, no el trío  sino la orgía completa. Aquellos días en los que solo necesitaba tocarla una y otra vez para sentirse realmente realizado, aquellos días en los que los vecinos lo escuchaban dar golpes contra todas las paredes de la casa. Para aquel entonces, todos los rincones eran buenos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario