24.5.11

76.

A veces, cuando lo leo, vuelvo a llorar sin que nadie lo sepa. Es la típica historia tonta que a todos nos ha pasado en algún momento, en algún abril, quizás en un lejano marzo. Lo triste no es la historia, no es el fracaso de sus protagonistas ni su esperado y pésimo final. Lo triste es el recuerdo, es saber que esa historia salió de una experiencia desconocida para todo el mundo, narrada en primera persona. La tristeza, ese substantivo tan mal tratado y al que nunca se le da juego ni oportunidad es, probablemente, a veces lo único que a un loco le hace recordar que algún día su cabeza funcionada correctamente. Al menos, correctamente en el sentido que la cultura actual lo acepta. Hace que el alcohólico se quede mirando esos maravillosos siete segundos la boca de la botella antes de beber. Puede incluso, si su infelicidad es tal, que llegue a recitar dos o tres versos sin unión aparente a un nivel imperceptible por el oído humano. Hace, desgraciadamente, que las personas dejemos de ser lo que somos para pensar en lo que habríamos podido llegar a ser. Triste, tristeza.

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