25.5.11

77.

Descalzo. Caminaba siempre descalzo.
Eduardo no era el típico niño que ayudaba a su madre en casa y buscaba a papá en el trabajo callejero al acabar el día. No se hacía el indefenso delante de los pocos viajeros que merodeaban perdidos mientras su hermana mayor metía sus finas manos en bolsos, bolsillos y carteras. Lo hacía si ganaba la batalla la necesidad pero a él lo que le gustaba en realidad era observar, sentarse sobre piedras y arena para mirar todo lo que conformaba, lo que por la gente era llamado, el espacio.
Tenía cinco años, los brazos cortos, las rodillas llenas de moratones y sangre seca, las uñas mordidas y los pies muy sucios. De lejos, un carro, tres señoras vestidas de un color azul desteñido, animales y polvo, mucho polvo de color ceniza. Ese era su espacio, su mundo: en un extremo el color gris oscuro de la ceniza y, en el opuesto, el recurrente ocre.
La gente vestida, como allí le llamaban, siempre le decía eso, que era del color del ocre, que su cara podría ser dibujada sobre cualquier fondo lumínico.
Eduardo no sabía de qué hablaban, él solo se fijaba en como sus perfectos y cuidados labios se movían, como a ellos no se le formaban pequeñas arrugas al lado de la boca ni alrededor de los ojos. Como aquellas ancianas tapadas por el color del cielo nocturno, todos venían de paso, con extraños colgantes de abalorios, hojas atadas con hilo de cuero y tapas negras, pequeños sacos de arroz y pastillas, pero nunca se quedaban.
Eran gente diferente, ellos tenían zapatos.

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