27.5.11

78.

La luz, de la ventana izquierda, en el edifico azul se volvió a encender. El tercer piso, letra par. Como cada mañana, su inquilino se levantaba apoderándose del último minuto de sueño para arrastrarse, de forma serpenteante, a la ducha. Maldita manía de hacerlo por la mañana y no de noche. Las tostadas no estaban todavía listas y ya la mantequilla y la mermelada figuraban abiertas encima de la mesa. Mientras, vestirse con la máxima rapidez y contrastar todos los ángulos de las ventanas para, profesionalmente, decidir si coger el coche o pagar un autobús hacia la oficina. Pisar la acera, algo que quedaba ya tan lejano.

Pisar la calle, otra mañana más. El frío azotando, sin piedad, sobre la cara y las manos, nada más cruzar el portal. Las zonas oculares y las cercanas a estas siempre son las más afectadas y, al no ser horas de que el sol aparezca, unas gafas oscuras no son la solución perfecta para conformarle una barrera a este. El estómago todavía haciendo de las suyas, un vaso de café mal calentado en el microondas y un rápido cepillado de dientes no le habían sido suficientes.

El tráfico no era fluido  El viento era insoportable. El maletín le pesaba. Las hojas de su carpeta luchaban por escaparse con el aire. Ya nada es soportable. Tomar la dirección a la parada del transporte público, pagar, subirse y chocar con un desconocido de traje. Pedirle disculpas a una joven adolescente, nerviosa y con la cara escarchada.

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