31.5.11

80.

La luz de los focos comenzó a perderse entre el comienzo y el final del trayecto de los párpados, mientras el comenzaba a articular todos los músculos de su boca. Un acorde de guitarra, tres notas de piano, un violín y de fondo un bajo. El sonido aparecía desde muy lejos, muy débil, acompañando a la melancólica voz de él. Los segundos pasaban, la canción empezaba a cobrar sentido, la letra escupía verdades como templos bajo ironías del tamaño de catedrales. Se estaba insinuando una despedida, un motivo y muchas razones. El bajo estaba listo para realizar su minuto de gloria después de llevar cuatro a la sombra, figurando de mero acompañante. El violín decía adiós para no volver a salir a escena y el piano callaba por momentos para compartir el aire con las palabras de él. La oscuridad seguía siendo el color de fondo y una segunda voz, repentina y demasiado suave, casi imperceptible, aparecía para hacer los coros al final de las cuatro frases anteriores al fin.
Los instrumentos se fueron callando y él se quedó como deseaba desde hacía siete minutos: solo con el piano.
Soltó las manos de su guitarra y se agarró al micro, cantó con la más fuerte de las fuerzas durante los últimos versos de la composición y calló de repente. El piano siguió durante diecisiete segundos, solo, e hizo una pausa. Tras esto, él dijo sus últimas cinco palabras enlazadas y sonaron siete teclas de piano.
El fin, marcado por la vuelta a la claridad dolorosa de los focos, cuando el final del párpado dice adiós al principio.
En la sala, nadie que lo hubiese escuchado cantar la mejor de las melodías que había interpretado y pensó que, tal vez, era mejor así.

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