28.6.11

88.

- ¿Cuándo pasaste a ser tan dependiente de ella?- me preguntó.

El silencio volvió a convertirse en el protagonista de aquella habitación y el ruido de mi cabeza. Yo no sabía la respuesta a aquella cuestión. Me sentía impotente postrado en aquel asiento, sintiéndome observado por los ojos que se escondían detrás de aquellas gafas. No podía darle una respuesta, por lo menos, no una verbal. Yo... yo no me sentía dependiente de ella. Ya le había explicado muchas veces que era ella la que me aportaba lo único que necesitaba: facilidad.
Era fácil reírme, era fácil resolver problemas, inventar planes, saber qué hacer en cada momento, se convertía sencillo desenfadarme o incluso no hacerlo... Me era muy fácil quererla.

15.6.11

87.

He de decir que no son muchas las veces, en la vida, que el destino te brinda la oportunidad de marcar las casillas del calendario. Haciendo repaso al mio, a mi cabeza, las hay de todos los estilos y, sobre todo, de la infinidad de temas y motivos. La gente tiene la extraña sensación de creer que si de alguna manera, por tonta que sea, haces que algo perdure, eso se mantendrá para siempre. Ilusos todos los jóvenes, y ya no tan jóvenes, que pensáis en la inmortalidad de las memorias. Este viejo literato se atreve a deciros, aun teniendo en cuenta las probables y fatales consecuencias, que las marcas en los calendarios no son más que eso, marcas. Símbolos gráficos. Que así como el tiempo viene, está y se va, los calendarios también “caducan” anualmente y los recuerdos se tiran al contenedor de reciclaje inmersos en 365 días cuadriculados, aproximadamente. No dejéis que las cosas os tengan que venir a la cabeza al ver dibujos de tinta. Haced que vuestra cabeza sea quien se sature de ellos y los deseche a su antojo cuando lo crea conveniente.

12.6.11

86.

Cogí los pendientes, los rojos. Decidí ponérmelos frente al espejo de la habitación y no en el baño. Allí fuera el lugar donde me los habías puesto por primera vez. El paso del tiempo, tiempo que se habían pasado guardados en el colorido envoltorio, los había hecho más valiosos, más viejos. Primero fue el de la oreja izquierda, luego el de la derecha. Ambos, como siempre, figuraban en perfecta consonancia con el corte de mi cara. Por eso me habían gustado, por eso me había pasado horas suplicándote que los compraras y, ahora, se veían mucho más protagonistas dentro del conjunto de mi figura. Esta vez, no habría ni vestido rojo, ni zapatos rojos ni, mucho menos, labios color fuego. Ahora, solo tocaba hacerlos destacar sobre todos los elementos. Así, decidí recogerme el pelo. La, ya, larga melena morena tendría que pasar a un segundo plano. La atención de la sala se desviaría hacia los lados de mi cara y, así, conseguiría disimular el resto del cambio.

- Que pendientes tan bonitos ¿son nuevos?
- ¿Y estas dos preciosidades rojas? Te resaltan el color del pelo, me gustan
- Vaya… me lo habían dicho pero sí, si que cambias con el pelo recogido si…

Podrían ser cientos los comentarios que se refiriesen a los pendientes esa noche, a los rojos.

11.6.11

85.

Así fue como se conocieron, una tarde de invierno. A ambos les gustaba pasear por la playa cuando llovía pero solo a ella se le pasaba por la cabeza el meterse en el agua.
El recuerda que la primera vez que la vio estaba sacándose la camiseta contra el gélido viento para mirar hacia arriba, dejar que el aire llevara su pelo en la dirección que le apeteciera y echar a correr hacia el mar oscuro e agitado. Sin miedo a la reacción de su piel al entrar en contacto con él y así, poco a poco, verla desaparecer entre las olas y la espuma. Sonreír desde la distancia y seguir andando.
Ella sabía que, cada tarde que el tiempo no era bueno, el la miraba desvestirse y coger carrerilla antes de echarse a nadar. Justo en el momento en el que el cuello de su camiseta soltaba su pelo y ella levantaba la cabeza hacia el viento, sabía que el la estaba mirando, lo que la hacía medio sonreír y correr veloz a sumergirse.

7.6.11

84.

Bajaba por unas escaleras enormes, a lo largo y a lo ancho. Eran tan sumamente grandes que podía uno tumbarse y estirar completamente sus extremidades porque aun sobraba espacio. No tenían alfombra roja pero si eran de un color mármol caro. Reluciente, como para mirarse en él. A los lados, todo tipo de placeres: ociosos, materiales, carnales, psicológicos... Uno podía perderse en la infinidad de cosas que veía pero, aún mejor, podía perderse en la experimentación de practicar todas ellas. Tal era su asombro, su goce y su ansia de no saber por dónde empezar, que se le pasaron los minutos sin darse cuenta. Los tres minutos en el paraíso por los cuales había cambiado los últimos ocho meses de su vida, se habían esfumado. Y ahora, ahora no le quedaba más que el recuerdo de aquel sin fin de poesías visibles. Algo, con lo que podría llenar incluso un vacío superior a más de medio año. Incluso podría haber cambiado tres minutos por dos años.

6.6.11

83.

A veces, piensa en como será todo dentro en un tiempo indeterminado. Cree que todo lo dado le será devuelto sin pensarlo e, inocente, sonríe entre la almohada y la oscuridad. Desconoce que el paradigma de acción – reacción no funciona en cuestiones nocturnas.

4.6.11

82.

- Hola, mi nombre es Miguel y, sinceramente, aun no sé muy bien lo que hago aquí
- Hola Miguel

Era una estupidez, por mucho que mi familia se empeñara en que debía completar las sesiones de la semana, cada día me reafirmaba más en la contemplación de esta “aula” como una gran estupidez. Una vil pérdida de tiempo.

- Yo nunca he bebido alcohol ni, mucho menos, ingerido algún tipo de droga. Siempre me he considerado un hombre normal. Dedico mi tiempo a trabajar en lo que me va surgiendo, en salir con mis amigos cuando me apetece y, sobre todo, en escribir. Me encanta escribir

Menuda tontería. Contarles tu vida a catorce desconocidos presididos por una mujer cincuentona que se creía tener la resolución a todos los misterios del universo. Tanto era así, que tenía el valor de afirmar que mi problema era ese: la dedicación a la escritura.

- No te preocupes, vas por buen camino. Aquí todos tienen una tarea a la que dedican la mayor parte de su tiempo, de su vida. Tú ya la has pronunciado y ahora solo queda encontrar el núcleo de tanto interés por escribir y reformarlo

¿Reformarlo? ¿El qué? La señora cincuentona, que ya nunca me había tenido buena pinta, empezaba ahora a tocarme un poco las narices. ¿Por qué va a tener alguien que cambiar sus hábitos? ¿Por una “votación popular”? Entendiendo, claro está, popular como la de algo más de una docena de personas a las que la cabeza no les funciona demasiado bien y deben acudir a terapias de loquero para replantearse sus vidas.

- Yo creo, Miguel, que el trabajo, siempre que sea bueno y saludable, debería ser tu principal fuente de inspiración y dedicación
- Pues en mi opinión, también podrías afondar en tus relaciones sociales. No sé, tal vez viajar y conocer a gente nueva. Incluso buscarte novia
- No, no, lo que Miguel necesita es entrar en contacto con algún tipo de vicio: la cerveza, las cartas, las carreras de motos… esas cosas sí que le levantarían el animo

Sinceramente, no sé en qué momento mi vida pasó a ser materia de juicio de unos cuantos personajes desconocidos y que, gratuitamente, se veían con el derecho a perforarme y volverme a rellenar a su antojo. La cosa empezaba a ponerme muy nervioso, porque enfadado ya llevaba un rato largo pero, el colmo ya fue la respuesta que a todas las sugerencias hizo mi amiga la señora de la bata blanca.

- A ver, a ver… tranquilicémonos todos. Miguel está aquí porque no sabe diferenciar entre lo que está bien y lo que no. Escribir no está bien y él todavía tiene que interiorizar esa idea para luego poder centrarse en muchas de las cosas que vosotros le aportáis.

Al acabar esas frases, y ver que todo el círculo asentía con la cabeza, no aguanté más. No lo soporté más. Cogí mis cosas, mi chaqueta y mis paraguas, y me levanté. Me levanté de forma que todos viesen que me quedaba allí de pie con la intención de marcharme tras la sarta de tonterías que se habían dicho. Los miré a todos, empecé por la izquierda y acabé con la vista en la derecha. Luego, apunté ocularmente hacia la señora del centro y dije:

- No hay más loco que aquel que se deja curar por otro. Tengan un muy buen día y suerte con su recuperación. Seguro que les lleva más de lo previsto.

2.6.11

81.

Era el gran estreno y el, como era normal, no estaba a su lado. Sumamente entendible se hace que el gran momento de un actor es el día en el que cine se abarrota hasta el límite para poder tener la primicia de ver las imágenes. Estaría en la puerta del edificio fumando un cigarro tras otro, esperando a que se escuchase el aplauso esperado o, por el contrario, el indeseable sonido de las puertas de la sala. Ese era el día descrito. Ella, junto con familiares, amigos y diversos conocidos, figuraba en una de las filas de la izquierda. Nunca le había gustado sentarse en un lugar encasillado con un "reservado" pero aquella era una oportunidad única e irrepetible. Tenía que hacerlo por él. Las luces se apagaron, el silencio se apoderó de la sala durante dos horas y trece minutos y, al final, un aplauso estremecedor.
Nadie dudaba que fuera a ser el filme ganador pero, aun así, era del tipo de cosas que había que demostrar. Para ella, al contrario que para el resto de la audiencia, los únicos fotogramas salvables eran los que dibujaban una silueta femenina a contra luz. Una cara de mujer mirando hacia abajo, hacia un hombre, con el pelo cayéndole por delante de la cara y de los hombros desnudos. Seguido a esto, el, tan necesario, fundido a negro. Aplaudió, justo ahí.