4.6.11

82.

- Hola, mi nombre es Miguel y, sinceramente, aun no sé muy bien lo que hago aquí
- Hola Miguel

Era una estupidez, por mucho que mi familia se empeñara en que debía completar las sesiones de la semana, cada día me reafirmaba más en la contemplación de esta “aula” como una gran estupidez. Una vil pérdida de tiempo.

- Yo nunca he bebido alcohol ni, mucho menos, ingerido algún tipo de droga. Siempre me he considerado un hombre normal. Dedico mi tiempo a trabajar en lo que me va surgiendo, en salir con mis amigos cuando me apetece y, sobre todo, en escribir. Me encanta escribir

Menuda tontería. Contarles tu vida a catorce desconocidos presididos por una mujer cincuentona que se creía tener la resolución a todos los misterios del universo. Tanto era así, que tenía el valor de afirmar que mi problema era ese: la dedicación a la escritura.

- No te preocupes, vas por buen camino. Aquí todos tienen una tarea a la que dedican la mayor parte de su tiempo, de su vida. Tú ya la has pronunciado y ahora solo queda encontrar el núcleo de tanto interés por escribir y reformarlo

¿Reformarlo? ¿El qué? La señora cincuentona, que ya nunca me había tenido buena pinta, empezaba ahora a tocarme un poco las narices. ¿Por qué va a tener alguien que cambiar sus hábitos? ¿Por una “votación popular”? Entendiendo, claro está, popular como la de algo más de una docena de personas a las que la cabeza no les funciona demasiado bien y deben acudir a terapias de loquero para replantearse sus vidas.

- Yo creo, Miguel, que el trabajo, siempre que sea bueno y saludable, debería ser tu principal fuente de inspiración y dedicación
- Pues en mi opinión, también podrías afondar en tus relaciones sociales. No sé, tal vez viajar y conocer a gente nueva. Incluso buscarte novia
- No, no, lo que Miguel necesita es entrar en contacto con algún tipo de vicio: la cerveza, las cartas, las carreras de motos… esas cosas sí que le levantarían el animo

Sinceramente, no sé en qué momento mi vida pasó a ser materia de juicio de unos cuantos personajes desconocidos y que, gratuitamente, se veían con el derecho a perforarme y volverme a rellenar a su antojo. La cosa empezaba a ponerme muy nervioso, porque enfadado ya llevaba un rato largo pero, el colmo ya fue la respuesta que a todas las sugerencias hizo mi amiga la señora de la bata blanca.

- A ver, a ver… tranquilicémonos todos. Miguel está aquí porque no sabe diferenciar entre lo que está bien y lo que no. Escribir no está bien y él todavía tiene que interiorizar esa idea para luego poder centrarse en muchas de las cosas que vosotros le aportáis.

Al acabar esas frases, y ver que todo el círculo asentía con la cabeza, no aguanté más. No lo soporté más. Cogí mis cosas, mi chaqueta y mis paraguas, y me levanté. Me levanté de forma que todos viesen que me quedaba allí de pie con la intención de marcharme tras la sarta de tonterías que se habían dicho. Los miré a todos, empecé por la izquierda y acabé con la vista en la derecha. Luego, apunté ocularmente hacia la señora del centro y dije:

- No hay más loco que aquel que se deja curar por otro. Tengan un muy buen día y suerte con su recuperación. Seguro que les lleva más de lo previsto.

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