7.6.11

84.

Bajaba por unas escaleras enormes, a lo largo y a lo ancho. Eran tan sumamente grandes que podía uno tumbarse y estirar completamente sus extremidades porque aun sobraba espacio. No tenían alfombra roja pero si eran de un color mármol caro. Reluciente, como para mirarse en él. A los lados, todo tipo de placeres: ociosos, materiales, carnales, psicológicos... Uno podía perderse en la infinidad de cosas que veía pero, aún mejor, podía perderse en la experimentación de practicar todas ellas. Tal era su asombro, su goce y su ansia de no saber por dónde empezar, que se le pasaron los minutos sin darse cuenta. Los tres minutos en el paraíso por los cuales había cambiado los últimos ocho meses de su vida, se habían esfumado. Y ahora, ahora no le quedaba más que el recuerdo de aquel sin fin de poesías visibles. Algo, con lo que podría llenar incluso un vacío superior a más de medio año. Incluso podría haber cambiado tres minutos por dos años.

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