12.6.11

86.

Cogí los pendientes, los rojos. Decidí ponérmelos frente al espejo de la habitación y no en el baño. Allí fuera el lugar donde me los habías puesto por primera vez. El paso del tiempo, tiempo que se habían pasado guardados en el colorido envoltorio, los había hecho más valiosos, más viejos. Primero fue el de la oreja izquierda, luego el de la derecha. Ambos, como siempre, figuraban en perfecta consonancia con el corte de mi cara. Por eso me habían gustado, por eso me había pasado horas suplicándote que los compraras y, ahora, se veían mucho más protagonistas dentro del conjunto de mi figura. Esta vez, no habría ni vestido rojo, ni zapatos rojos ni, mucho menos, labios color fuego. Ahora, solo tocaba hacerlos destacar sobre todos los elementos. Así, decidí recogerme el pelo. La, ya, larga melena morena tendría que pasar a un segundo plano. La atención de la sala se desviaría hacia los lados de mi cara y, así, conseguiría disimular el resto del cambio.

- Que pendientes tan bonitos ¿son nuevos?
- ¿Y estas dos preciosidades rojas? Te resaltan el color del pelo, me gustan
- Vaya… me lo habían dicho pero sí, si que cambias con el pelo recogido si…

Podrían ser cientos los comentarios que se refiriesen a los pendientes esa noche, a los rojos.

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