22.7.11

90.

Cuando sabes que algo realmente va a pasar, lo notas. Te das cuenta de si va a ser de verdad o de mentira, con o sin consecuencias. Al caso que nos remite, de esta ocasión solo se sabía que lo pasado era diferente.
A lo largo de su vida, le habían dicho de todo. Los diferentes adjetivos calificativos hacia su persona variaban en una linea muy dispar. Tenía unos que odiaba, otros que verdaderamente deseaba escuchar para siempre y, pese a todo, esta vez no se esperaba que alguien así estuviese perdiendo su tiempo en pronunciar elogios. Era una persona poco conocida la que le estaba regalando los oídos, quizás la embriagadez ayudase o puede que el ambiente nocturno fuera el principal pilar del caso. La conversación era fluida, la música no dejaba de sonar y al fondo, los objetos de las paredes aguardaban ser rozados por cualquier pequeño movimiento. Nadie se dio cuenta de lo que estaban diciéndose porque, realmente, era solo un diálogo a dos pero, cual relámpago, uno se levantó y huyó a donde creía que era impensable que lo encontrara el otro. Como adelanto, os digo que no fue así.
Tiempo después, nadie sabía lo que había sucedido en el rango de tiempo en el que su presencia fuera ausente. Los había que incluso ni se dieran cuenta de que se habían perdido durante largos minutos. Uno de ellos, el depredador, mismo dudaba lo que acababa de soltar verbalmente. Del idéntico escondite, primero salió uno y luego el otro.Sin mirarse, solo desde lejos, no se volvieron a introducir en conversaciones filosóficas en lo que restaba de noche. Sinceramente, al día siguiente solo el que había huido recordaba los minutos a solas como los mejores fragmentos de las malas películas americanas, lo malo es que no había sido de verdad. Y no porque el depredador no quisiese.

8.7.11

89.

Esperaba que alguien se diera cuenta de que no estaba, de que había una silla vacía en el medio de tantas otras, pero con toda la gente en movimiento, presa del estrés, no fue posible que se diera tal efecto. La rubia de traje y pelo rizo hizo un pequeño amago de mirar a la dirección en la que mi puesto debía estar ocupado, pero una llamada de teléfono impidió que su cara llegase a girarse los ángulos restantes y necesarios. Intercambió palabras durante más de un cuarto de hora y mi silla seguía vacía. El siguiente en probar a notarlo fue el chico de los zapatos blancos, muy feos por cierto, pasó por detrás de mi chaqueta, miró al sitio de la mesa donde deberían haber estado mis papeles, mi carpeta verde y mi bolígrafo de metal, y siguió intercambiando miradas lascivas con la directora de recursos humanos. Siguiendo el ritmo, pasó por mi aurea el administrativo de la planta de arriba, la señora de la limpieza que siempre sonreía a los desconocidos, los hijos adolescentes de la nueva y el anciano veterano, del despacho veintinueve, que nunca me llamaba por mi nombre. Le gustaba mucho más mi apellido.