8.7.11

89.

Esperaba que alguien se diera cuenta de que no estaba, de que había una silla vacía en el medio de tantas otras, pero con toda la gente en movimiento, presa del estrés, no fue posible que se diera tal efecto. La rubia de traje y pelo rizo hizo un pequeño amago de mirar a la dirección en la que mi puesto debía estar ocupado, pero una llamada de teléfono impidió que su cara llegase a girarse los ángulos restantes y necesarios. Intercambió palabras durante más de un cuarto de hora y mi silla seguía vacía. El siguiente en probar a notarlo fue el chico de los zapatos blancos, muy feos por cierto, pasó por detrás de mi chaqueta, miró al sitio de la mesa donde deberían haber estado mis papeles, mi carpeta verde y mi bolígrafo de metal, y siguió intercambiando miradas lascivas con la directora de recursos humanos. Siguiendo el ritmo, pasó por mi aurea el administrativo de la planta de arriba, la señora de la limpieza que siempre sonreía a los desconocidos, los hijos adolescentes de la nueva y el anciano veterano, del despacho veintinueve, que nunca me llamaba por mi nombre. Le gustaba mucho más mi apellido.

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