15.8.11

92.

La disputa entre ambos acababa de comenzar sin darse cuenta. Le subió el nivel de volumen a la música y los golpes empezaron a no sonar para el resto del edificio, solo los escuchaba ella. Escondida tras los abrigos del armario de su habitación intentaba recordar la canción que el señor don Pedro le cantaba cada tarde de lluvia en la casa vieja de piedra. Aquella simple melodía era lo único que le alegraba las noches de tormenta en las que solo el sonido de los truenos contra la inmensidad celeste y del viento en las ventanas se hacían protagonistas. Ahora, empezada aquella lucha abierta entre ambos frentes parentales, la letra de la canción no le venía a la cabeza, ni el ritmo. Tenía el compás y se balanceaba sobre sus rodillas en un intento de transmitirle a todo su cuerpo el sonido del que debía acordarse. Su miedo no era ver que la puerta de rendijas que la protegía se abriese de golpe. No era divisar el momento en el que el sonido de la música alta empezase a bajar y ella sintiese que debía salir ya. Mucho menos lo era lo que se había de encontrar al abandonar su refugio de madera. Su miedo, a cada instante, era no poder trasladar su cabeza, su sentido, su ser, a un lugar que no fuera aquel en el que vivía un día, otro y otro más. Su consuelo era pensar, a su corta edad, que seguramente el viejo señor don Pedro también había tenido que aprenderse aquellas estrofas para evitar pensar en toda la maldad que rodeaba su niñez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario