26.8.11

95.

La música femenina, de principios de los noventa. Se escuchaba muy bajita, casi como si la cantautora estuviese susurrando tras la pared. La noche entraba por la ventana al igual que la poca luz artificial proveniente de las ventanas ajenas, del patio de luces. Se le pidió y dijo que no. Se lo pidió nuevamente y se volvió a negar. Cambió de tema, dejó que la vieja letra londinense le perturbara la cabeza y en los momentos de despiste se lo volvió a pedir para escuchar nuevamente una negativa.
No era una noche muy fría ni tampoco el calor se adueñaba del habitáculo. Como consecuencia de esto solo una fina sábana los tapaba. La canción acababa de terminar pero el reproductor estaba en modo repetición.
-Escucha atenta el principio. Es maravilloso
Afinó sus odios y, cuando la voz acabó sus seis frases, alzó la vista. Ojos claros, verdes mezclados con una tonalidad grisácea. El pelo, despeinado pero sedoso, le caía por la frente tapándole parte de la cara. No se resistió y deslizó sus dedos por su flequillo. Su rubio flequillo, el que él trataba de tener siempre impoluto y que solo en esa ocasión le daba igual no cuidar.
-Tienes una pinta horrible, ¿lo sabes no?
-Tu tampoco te miraste a un espejo eh, pero me da igual. Si solo me ves tú ¿qué más da?
Tras esto, le sonrió con la complicidad más grande que se puede mantener entre dos cuerpos a punto de quedarse dormidos.

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