27.9.11

98.

El pelo lo tenía teñido de un rubio platino de los que advierten que proceden de un bote de polvos de una peluquería y el corte de su cara se diferenciaba claramente entre el resto de las que había detrás de la barra. Celia. Los labios se los pintaba siempre de un color rojo fuerte menos los domingos, que tocaba el rosa pastel. Más claro y más tranquilo, como el último día de la semana: día de poco trabajo. Los hombres casados aprovechan el fin de semana para pasarlo con sus perfectas familias. La mujer es guapa, los hijos son maravillosos y buenos estudiantes. Los hay que optan por hacer una escapadita los sábados por la noche para lanzar un último cohete fugaz pero, salvando esa excepción, el domingo se corona como el día de paz. Joaquín. El traje, gris o negro, pero siempre figurando como un elemento que lo acompañaba fielmente. Con él, un maletín de piel de los que van diciendo que dentro solo pueden transportarse papeles necesarios para la administración y los abogados. Se quitaba diariamente la corbata al salir de la oficina como muestra de que llegaba el momento de despreocuparse y disfrutar: el fin de la jornada.
- ¿Qué tal ha ido hoy?
- Peor que ayer, mejor que mañana
Celia no se bajaba nunca la falda y Joaquín siempre se quedaba con los zapatos puestos. Ella no tenía ningún cargo de conciencia, es más, se creía la mejor de las que trabajaban en el número 24 de la calle de atrás, entresuelo. El siempre salía del local con cargo de conciencia porque, pese a no tocarle ni un pelo, siempre pensaba en hacerlo.
Para ella era un “no hacemos nada malo, sólo hablamos” y para él un “si no hago nada malo ¿por qué siempre llego a casa sin la corbata?".

26.9.11

97.


- ¡Mamá, mamá, mamá! ¡Mira, me ha caído el primer diente! ¿No estás contenta?
- Claro que lo estoy ¡y mucho!
- ¡Es genial! Ahora puedo ya empezar a hacer cosas de mayores, ¿verdad?
- ¿Cosas de mayores? ¿Cómo cuáles?
- Todas las cosas mami, los mayores podéis hacer todas las cosas del mundo. Montar en moto, pagar en el autobús, os dejan tiraros por los toboganes grandes de parque de agua, preparáis la comida y lleváis el carrito en el centro comercial. Lo mejor de todo es que ya no voy a tener que coger la sillita dura para sentarme más alto en los asientos del cine. ¡Es genial!
- ¡Es verdad cariño, es estupendo! ¿Y vas a hacer todas esas cosas por la caída de tu diente?
- Claro, porque esta noche el ratoncito va a cambiármelo por dinero y ya podré empezar a hacer las cosas que hacéis vosotros. ¿Me vas a dejar a que sí?

La madre de Carlitos sonrió como una tonta a modo de contestarle con un silencioso “claro que te dejaré pero no tendrás que hacerlo”. Su pequeño creyéndose el chico más grande del mundo, el que podría hacer todas esas cosas que él consideraba de mayores. El que, con sus escasos sesenta centímetros, ya pensaba en montar en moto y olvidar la silla de las salas de cine. Que irónico. Su pequeño olvidaba el problema de los mayores: la ilusión. ¿Qué mayor sigue pensando que el ratoncito intercambia los pequeños incisivos por monedas?

- Por supuesto mi vida, a partir de mañana por la mañana... ¡serás todo un hombrecito!
- ¡Si, y es genial mami!

15.9.11

96.

Está ahí, está ahí, está ahí... En el pensamiento de Izú no se repite otra frase. Papá lo busca pero no lo ve. Mamá me sonríe cómplice pero tampoco arregla nada. La pequeña tiene que conformarse con diálogos que intentan calmarla pero, llegada la siguiente noche, vuelve a gritar. A decir "está ahí", a llamar a papá y a mamá. Es la noche, fuente común de miedo para la mayoría de los niños del mundo y pensamiento en el que se apoyan, jornada tras jornada, los que son llamados por Izú. Es pequeña, de color caramelo y siempre está jugando con su cortita melena. Su pelo es negro, muy negro y tiene una mirada oscura. Eso fue lo que más le gustó de ella a papá. La tristeza que reflejaban las pequeñas sonrisas que, al principio, les mostraba fuera el motivo por el que mamá eligiera llevársela a casa con ellos. Como tantas otras, Izú es una niña acogida que acabará figurando en los latosos papeles de adopción. Félix y Rita son papá y mamá. Esas personas que llegaron por casualidad y que, paradójicamente, juegan con la estructura de sus nombres para enseñarle a la pequeña que la Vida es algo Feliz. "Sólo cambia una letra y un nombre significa otra cosa". Así se lo decía mamá todas las mañanas a su niña. Esa que, de noche, atravesaba las peores horas del día. La que no dejaba de ver a alguien tras las finas rendijas del armario. "Es un monstruo pero no es rosa como el del libro mamá. Está ahí, te lo prometo". Rita le vuelve a sonreír, pretende que ella olvide todo por un momento y se traslade al mundo que ahora le toca vivir. El de la felicidad, el tranquilo, el aparentemente normal. Ese en el que los niños, son los únicos que pueden disfrutar de la noche tapados en sus camas. Soñando tranquilos con fantasías de superhéroes y princesas.

- Han hecho una buena elección, es una niña preciosa, pero les tengo que advertir que su pasado es todo lo contrario a ella. Ha vivido cosas que ningún pequeño de cinco años debería vivir nunca. Ha pertenecido a las cuadrillas de barrio, la han utilizado para hacer cosas que ni el jefe de la banda se atreve a hacer. ¿Han visto como se pasa horas enredando los dedos en su pelo? Tiene un motivo. Gracias a él no tiene que recordar lo que él mismo esconde. Tocar algo suave y brillante no es comparable a tocar las amplias cicatrices que otros le han dejado sobre el cráneo.

Sí, como tantas otras, Izú ha sido una niña soldado y ahora teme al monstruo que la observa desde el armario con los mismos ojos que los mandantes del barrio la miraban cuando cumplía con su misión. La pequeña teme a los recuerdos de su pasado. A los que se le presentan sólo cuando es de noche. A la oscuridad, el bien del que todos disponemos y del que pocos saben sacar provecho.