27.9.11

98.

El pelo lo tenía teñido de un rubio platino de los que advierten que proceden de un bote de polvos de una peluquería y el corte de su cara se diferenciaba claramente entre el resto de las que había detrás de la barra. Celia. Los labios se los pintaba siempre de un color rojo fuerte menos los domingos, que tocaba el rosa pastel. Más claro y más tranquilo, como el último día de la semana: día de poco trabajo. Los hombres casados aprovechan el fin de semana para pasarlo con sus perfectas familias. La mujer es guapa, los hijos son maravillosos y buenos estudiantes. Los hay que optan por hacer una escapadita los sábados por la noche para lanzar un último cohete fugaz pero, salvando esa excepción, el domingo se corona como el día de paz. Joaquín. El traje, gris o negro, pero siempre figurando como un elemento que lo acompañaba fielmente. Con él, un maletín de piel de los que van diciendo que dentro solo pueden transportarse papeles necesarios para la administración y los abogados. Se quitaba diariamente la corbata al salir de la oficina como muestra de que llegaba el momento de despreocuparse y disfrutar: el fin de la jornada.
- ¿Qué tal ha ido hoy?
- Peor que ayer, mejor que mañana
Celia no se bajaba nunca la falda y Joaquín siempre se quedaba con los zapatos puestos. Ella no tenía ningún cargo de conciencia, es más, se creía la mejor de las que trabajaban en el número 24 de la calle de atrás, entresuelo. El siempre salía del local con cargo de conciencia porque, pese a no tocarle ni un pelo, siempre pensaba en hacerlo.
Para ella era un “no hacemos nada malo, sólo hablamos” y para él un “si no hago nada malo ¿por qué siempre llego a casa sin la corbata?".

No hay comentarios:

Publicar un comentario