10.10.11

99.

La melena oscura y ondulada le caía sobre un poco más abajo que los hombros, sobre su camiseta azul fruncida. Era de un azul que ni roza el color del agua del mar. Azul eléctrico, azul chillón, azul de los que se llevan. Lo llamasen como lo llamasen por la calle, yo sé que aquel era su azul. Llegaba el tono hasta un poco más arriba del territorio gobernado por su ombligo. ¿Qué cómo se dónde estaba realmente su ombligo si estaba vestida? Años de experiencia supongo. El caso es que un poco por encima de dicho lugar dejaba de verse la camiseta y empezaba el fino corte de una falda beige muy clara. Le apretaba por encima de la cintura y se soltaba después de forma acampanada. Su color moreno de piel, el que se le acentúa siempre en verano, figuraba en perfecta consonancia con su vestimenta. Y simplemente fue así. Allí estaba ella, entrando en la sala con su maletín marrón y su carpeta de dibujos. Me río si, me río porque nunca voy a entender que se siga haciendo mayor en unas cosas y se mantenga tan infantil en otras. Se salva porque los del gabinete ya la conocen y saben que no tiene remedio que si no a ver que hacía. La tienes que entender o nada porque puede pasarse horas discutiendo de política financiera como una experta y luego encapricharse por un helado de los que traen pegatinas.
Supongo que por saber esto es también por lo que sé que el color de su camiseta es su azul. La conozco lo suficiente como para saber que esa misma mañana no había tardado mucho en vestirse y que seguramente al llegar a casa a la hora de comer, sabiendo lo que estaba lloviendo, solo querría ponerse el pijama y tirarse en el sofá a ver una película. ¿Con el teléfono desconectado? No, para nada. Encendido y sin volumen seguramente. Nadie sabrá para que lo tiene si luego no lo coge nunca.

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