28.11.11

103.

Después de pasarse media noche bailando, la naturaleza la llamó de una forma muy sutil. El repentino aviso le impidió decirle nada a nadie y, sin mencionar palabra, se echó a correr hacia el pasillo que conducía la baño. Atrás no dejaba conversaciones a medias, citas pendientes o cualquier otro compromiso. Esa noche se podía decir que estaba más o menos sola y que el dedicarse a explorar la apariencia de desconocidos se había asentado como su máximo y único hobbie.
Eran quince, justamente, ese era el número de escaleras que bajó para llegar a la puerta del baño. Al tocar suelo, no se paró a mirar quién había alrededor y se propuso entrar. Derepente, un cuerpo chocó contra el suyo, empujándola, y se coló en las cuatro pequeñas paredes antes que ella. Eso si, sin cerrar la puerta. Ni corta ni perezosa se decidió a entrar tras el sujeto, pues el pequeño cartel que decía "mujeres" de la puerta y el turno de entrada jugaban a su favor.
Dió tres pasos, entró, se giró, cerró la puerta con el pestillo y miró hacia delante.
-¿Qué? ¿Tu no ves lo que pone en la puerta o qué?
Se miraron y se conocieron. Ambos habían compartido más de una noche mas nunca un servicio.
-¿Quieres que salga mientras o te espero pegado a la puerta?
-No, no hace falta que te marches pero te quiero pegadito a la pared. Y sin mirar
-Ya, y dándome cabezazos contra la baldosa también, ¿no?
El sarcasmo y la polisemia de las palabras que intercambiaban los hacían retroceder en el tiempo. Volvían a donde lo habían dejado y, pese a que el tema afloró una vez haber salido del cuarto de baño, lo resolvieron con madurez. Como dos personas adultas, como lo que empezaban a ser.

Compartieron el resto de horas de luna, como habían hecho ya antes, pero pasado el tiempo volvió lo que sin duda debía volver. Como despedida el envío era perfecto más, al fin y al cabo, era una despedida. El, nuevamente, no volvío a tener respuesta de ella. Su pensamiento madurara: las cosas se aceptan y, luego, se continúa.

21.11.11

102.

Ningún viaje es fácil y, mucho menos, aquellos de larga duración y difícil trayecto.
Estaban acostumbrados y curtidos en trenes, turbulencias, túneles y turnos de conducción pero nunca habían viajado solos. Esta vez le tocaba a él, a Abel.
Se adentraba en una aventura de siete meses en el gélido polo. Su finalidad, traer consigo resultados positivos y atrayentes para la nueva medicina americana, pero este no estaba seguro de su hazaña honorífica. Maletas, mochilas, neceseres... un equipaje que aprecía no tener fin. Toda la ropa y calzado era de abrigo, pues el habitáculo sería caliente y acondicionado a sus tareas de invierno, más el frío siempre es difícil de asumir. En su maleta cogía de todo menos valentía. Decidiera irse sin despedirse de sus mejores amigos. Les había mentido: ellos sabían que partiría pero desconocían que sería en una fecha tan próxima. Los billetes se los habían dado hace tres semanas, veintiún días en los que nunca había encontrado el momento perfecto e idóneo para decirlo. Ahora, escuchaba la llamada del aeropuerto por megafonía y pensaba en todas las peuqeñas oportunidades que podía haber aprobechado para habalr, para confesarse antes su compañeros, sus compinches.
Pasillo 3, puerta 4F.
Era la hora de embarcar y allí no había caras conocidas. Con las manos puestas en los bultos y la mirada en los letreros luminosos pensó ¿y qué esperabas Abel?
Ningún viaje es fácil y mucho menos aún si implica despedidas repentinas.

14.11.11

101.

No tardaría en quedarse dormida pues el día había sido largo y ajetreado más, de todas formas, aún aspiraba a poder incitar a su subconsciente a que esa noche le regalara una buena temática en la que pasar las siguientes siete horas de sueño.
La cama permanecía tan fría como siempre, desde hacía varios días, pero no era algo que su manta no pudiese solucionar. La noche estaba ganando parcelas de cielo rápidamente y el caía en la cuenta de que ya no tenía tiempo para despedirse o lamentarse.
Apagó la luz y se atrincheró en la plácida canción que escuchaba siempre antes de cerrar definitivamente el flujo vital diario pero, aquella noche le sonaba distante y lejana. Algo raro estaba pasando, lo notaba pese a que la apariencia fuese totalmente normal.
El despertador tenía ya perfectamente marcada la hora a la que debía comenzar a sonar, las cortinas nublaban la vista al exterior y los mínimos ruidos conseguían mover los detalles de toda la habitación, por pequeños que fueran.
Decidió no seguir con la duda y cogió el teléfono. Marcó un número de corrido y sin dudar, esperando a que una respuesta le brindara luz sobre el malestar que rociaba su mente.
Se dio la vuelta sobre sí mismo para no ver el destello que, intermitentemente se desprendía de lo alto de su mesilla. Ya no era hora de hablar con nadie ni de arreglar nada. Sólo hacía falta esperar pues, la noche, confunde los pensamientos de la gente.
Con el vacío se sintió contestada y, dejando todo como antes de que empezase la neura nocturna, recordó las últimas frases de su composición, a modo de nana, y se quedó dormida. Era lo mejor.

A la mañana siguiente ninguno recordó la importancia de lo pasado.

7.11.11

100.

Oblicuo. “Es una palabra perfecta” pensaba.
Había tardado en darse cuenta, cosa de casi veinte años, pero, pensándolo detenidamente, “la gente nunca está en lo cierto”.
- Las cosas no son o así o de la otra manera. Como se suele decir, no todo es blanco o negro, es muy cierto. El problema es que creo que tú aún no te has dado cuenta de la reflexión que esa pequeña frase supone.
- ¿Y en que cuenta se supone que tengo que caer?
- Pues en la de que tú, yo y el resto de personas que comparten espacio y órbita con nosotros solamente estamos aquí una vez. Una sola. Y en vez de pensar en lo bueno que nos estamos perdiendo, nos gastamos el tiempo en decir que las cosas necesitas ser horizontales o verticales para estar en perfecto equilibrio.
- Odio que te vayas por las ramas intentando quedar bien y metaforizando acerca de la vida con palabros que no tiendes a usar habitualmente. ¿Qué me importa a mí lo que piense la gente y si el mundo está en equilibrio o no? Se supone que esa era la labor de Aristóteles y su panda, no la mía.
Tardaron bastante en desenvolver una conversación que no pintaba nada bien en sus comienzos y, como no, tampoco resultó bien en su final. Las palabras saben decir, transmitir, mucho. A veces demasiado, pero si uno se deja ir con ellas, con su uso… está perdido.
- ¿Entonces vas a explicarme a qué viene el origen de esta estúpida dialéctica?
- No, ese es el problema: que yo no considero que tenga que explicarte nada, que si no te das cuenta tú realmente de las cosas, no tengo porque estar yo por detrás resolviéndotelas.
- Me metes en fregados y luego pretendes que salga sin tu ayuda, perfecto
- No, esto no es ningún fregado, ningún problema, es un asunto.
- ¿Un asunto de qué? ¿Personal o profesional?
- Oblicuo