7.11.11

100.

Oblicuo. “Es una palabra perfecta” pensaba.
Había tardado en darse cuenta, cosa de casi veinte años, pero, pensándolo detenidamente, “la gente nunca está en lo cierto”.
- Las cosas no son o así o de la otra manera. Como se suele decir, no todo es blanco o negro, es muy cierto. El problema es que creo que tú aún no te has dado cuenta de la reflexión que esa pequeña frase supone.
- ¿Y en que cuenta se supone que tengo que caer?
- Pues en la de que tú, yo y el resto de personas que comparten espacio y órbita con nosotros solamente estamos aquí una vez. Una sola. Y en vez de pensar en lo bueno que nos estamos perdiendo, nos gastamos el tiempo en decir que las cosas necesitas ser horizontales o verticales para estar en perfecto equilibrio.
- Odio que te vayas por las ramas intentando quedar bien y metaforizando acerca de la vida con palabros que no tiendes a usar habitualmente. ¿Qué me importa a mí lo que piense la gente y si el mundo está en equilibrio o no? Se supone que esa era la labor de Aristóteles y su panda, no la mía.
Tardaron bastante en desenvolver una conversación que no pintaba nada bien en sus comienzos y, como no, tampoco resultó bien en su final. Las palabras saben decir, transmitir, mucho. A veces demasiado, pero si uno se deja ir con ellas, con su uso… está perdido.
- ¿Entonces vas a explicarme a qué viene el origen de esta estúpida dialéctica?
- No, ese es el problema: que yo no considero que tenga que explicarte nada, que si no te das cuenta tú realmente de las cosas, no tengo porque estar yo por detrás resolviéndotelas.
- Me metes en fregados y luego pretendes que salga sin tu ayuda, perfecto
- No, esto no es ningún fregado, ningún problema, es un asunto.
- ¿Un asunto de qué? ¿Personal o profesional?
- Oblicuo

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