14.11.11

101.

No tardaría en quedarse dormida pues el día había sido largo y ajetreado más, de todas formas, aún aspiraba a poder incitar a su subconsciente a que esa noche le regalara una buena temática en la que pasar las siguientes siete horas de sueño.
La cama permanecía tan fría como siempre, desde hacía varios días, pero no era algo que su manta no pudiese solucionar. La noche estaba ganando parcelas de cielo rápidamente y el caía en la cuenta de que ya no tenía tiempo para despedirse o lamentarse.
Apagó la luz y se atrincheró en la plácida canción que escuchaba siempre antes de cerrar definitivamente el flujo vital diario pero, aquella noche le sonaba distante y lejana. Algo raro estaba pasando, lo notaba pese a que la apariencia fuese totalmente normal.
El despertador tenía ya perfectamente marcada la hora a la que debía comenzar a sonar, las cortinas nublaban la vista al exterior y los mínimos ruidos conseguían mover los detalles de toda la habitación, por pequeños que fueran.
Decidió no seguir con la duda y cogió el teléfono. Marcó un número de corrido y sin dudar, esperando a que una respuesta le brindara luz sobre el malestar que rociaba su mente.
Se dio la vuelta sobre sí mismo para no ver el destello que, intermitentemente se desprendía de lo alto de su mesilla. Ya no era hora de hablar con nadie ni de arreglar nada. Sólo hacía falta esperar pues, la noche, confunde los pensamientos de la gente.
Con el vacío se sintió contestada y, dejando todo como antes de que empezase la neura nocturna, recordó las últimas frases de su composición, a modo de nana, y se quedó dormida. Era lo mejor.

A la mañana siguiente ninguno recordó la importancia de lo pasado.

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