21.11.11

102.

Ningún viaje es fácil y, mucho menos, aquellos de larga duración y difícil trayecto.
Estaban acostumbrados y curtidos en trenes, turbulencias, túneles y turnos de conducción pero nunca habían viajado solos. Esta vez le tocaba a él, a Abel.
Se adentraba en una aventura de siete meses en el gélido polo. Su finalidad, traer consigo resultados positivos y atrayentes para la nueva medicina americana, pero este no estaba seguro de su hazaña honorífica. Maletas, mochilas, neceseres... un equipaje que aprecía no tener fin. Toda la ropa y calzado era de abrigo, pues el habitáculo sería caliente y acondicionado a sus tareas de invierno, más el frío siempre es difícil de asumir. En su maleta cogía de todo menos valentía. Decidiera irse sin despedirse de sus mejores amigos. Les había mentido: ellos sabían que partiría pero desconocían que sería en una fecha tan próxima. Los billetes se los habían dado hace tres semanas, veintiún días en los que nunca había encontrado el momento perfecto e idóneo para decirlo. Ahora, escuchaba la llamada del aeropuerto por megafonía y pensaba en todas las peuqeñas oportunidades que podía haber aprobechado para habalr, para confesarse antes su compañeros, sus compinches.
Pasillo 3, puerta 4F.
Era la hora de embarcar y allí no había caras conocidas. Con las manos puestas en los bultos y la mirada en los letreros luminosos pensó ¿y qué esperabas Abel?
Ningún viaje es fácil y mucho menos aún si implica despedidas repentinas.

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