31.12.11

108.

Si alguien le hubiera asegurado que su final iba a ser así, no se lo hubiese creído. Ni de lejos imaginado, y lo sé porque la conozco muy bien. Sus últimos meses no habían transcurrido con mucha normalidad. Vale, si, es cierto, ella tampoco se caracteriza por ser muy normal, ni le gusta que todo sea monótono y habitual, pero los cambios que se habían manifestado en su vida habían sido muchos incluso para alguien como ella.
La niña de la sonrisa permanente la había perdido por momentos, había vuelto a empezar, había perdido el tiempo sin darse cuenta, había madurado y seguía siendo tan infantil como siempre. Su agenda de contactos rebosaba más que nunca pese a sus cualidades laborales. Su larga melena había crecido aún más, llegando a conformar ondas. Sus amistades se habían vuelto más fuertes a pesar de la distancia. Había partes de su cuerpo que ya no volverían a ser las mismas. Su cabeza y raciocinio tampoco...
Era raro, era muy raro pensar en como había empezado todo porque ya ni era quién de acordarse. Probablemente dormida, como se inician todos los comienzos, o tal vez entablando una conversación sin sentido con un desconocido recién llegado. In medias res, a lo cinéfilo.
Todas estas eran cosas que se planteaba ahora, al llegar a su final, aunque como buena espectadora de teatro, ya sabía como se iba a cerrar el ciclo. Muchas veces, de las que te paras a pensar entre mantas y nocturnidad, había imaginado finales alternativos. Abiertos, pero nunca se planteara este. Era demasiado ideal, mejor dicho: idealizado.
Era tarde ya, había abandonado el coche y no había vuelta atrás. Siguiendo con la continuidad fílmica, pasaron por la cabeza todos los fotogramas ocurridos minutos, horas antes, a su lado, y se arrepintió. Ni siquiera le había dicho adiós y eso no era justo para ninguno de ambos. No lo hizo a propósito, puedo jurarlo yo por ella, pero ni hecho a la fuerza le podría haber salido tan bien la jugada. Sus pertenencias más simbólicas no figuraban en su bolso, se habían quedado en el coche. El se dio cuenta, y volvió.
Se abrió la puerta, se alzó una mano, se entregó la fianza y las palabras seguían sin aparecer pero, a veces, eso es lo de menos. Se miraron y decidieron poner fin al año como mejor puede hacerse.

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