31.1.12

125.

No puedo enfadarme porque no soy nadie. No puedo reprochar ni pedir explicaciones porque no soy nada. No puedo actuar contra ello porque, realmente, no se lo que está pasando. Mi misión era simplemente esperar. Esperar, nadie sabe cuanto, a que las mentes se aclarasen y luego mandasen el aviso del momento oportuno para encerrarse en un baño. Llegado este punto, ya no puedo asegurar que mi paciencia sea capaz de prolongarse mucho más. No puedo decírtelo, ni voy a hacerlo, porque prometí hace tiempo no volver a mencionarlo nunca pero, hoy, sólo puedo hacer una cosa: asegurarte que podría llegar a morirme de ganas de quebrantar el juramento. El balón, ahora, está en tu campo.

26.1.12

124.

-¿Sabes a qué me voy a dedicar cuando sea grande?
-Creo que me hago una pequeña idea pero, vamos, ¡sorpréndeme! ¿A qué?
-Voy a construir una casa de madera en el extremo de aquel acantilado que vemos cuando pasamos por el puente de las garzas. Va a ser enorme y tendrá unas paredes de color marrón oscuro. ¡Muy oscuro!

Inconscientemente, tuve que echarme a reír.

-¿Y eso?
-Es que llevo fijándome, en todas las salidas que hacemos, que siempre miras hacia aquel lugar. Como si te gustase... o como si te diese miedo, no sé, pero quiero asentar allí nuestra casa
-Vaya.. si mirase hacia allí por gusto, sería una idea estupenda pero ¿y si tienes razón y solo miro por miedo?
-Mamá, ese es el caso. Si miras porque te gusta realmente el sitio, será como un deseo que te cumplo. Si por el contrario es porque te parece un lugar extraño y solitario, te la construiré mismamente para que le pierdas el miedo a la altura del precipicio y que sólo tengas buenos recuerdos en el lugar del que te hablo
-Me parece razonable. Ahora solo tengo que saber el porqué de la madera, del color de las paredes y de su grandeza

Me miró con los ojos que me ponía siempre que reconocía la ironía en mis frases. Tenía tan poquitos años y era tan despierto para las más grandes dificultades que escondía mi vocabulario.

-Mamá... Siempre has dicho que quieres vivir rodeada del mar. Ese lugar sería estupendo para que lo consiguieras. La casa tendría que ser enorme, por lo menos de dos plantas, porque la de arriba sería tu rincón de creación y...
-Ya... ¿y la de abajo?

Me sonrió tímido pero picarón.

-¡La de abajo estaría repleta de juguetes mujer! Pero tranquila, que los recogeré todas las noches antes de irme a mi habitación a descansar. Mi habitación tendría que estar a lo largo del pasillo marrón oscuro. Elegí ese color porque seguro que quedará muy elegante como fondo para colgar todos tus dibujos y... la construcción se haría con madera porque sería el material más acorde a como eres tú
-¿Y cómo soy yo?

Ante esa pregunta volvió a ofrecerme la mirada que había reflejado antes de su última respuesta, entonces, supe que esta vez no tendría contestación. Era lo lógico, yo ya sabía porqué había elegido la madera.

18.1.12

123.

En lo más alto de la famosa torre del lugar, le era imposible abrir los ojos. Tenían razón todos a los que le había contado previamente su plan: no debía ir sin compañía . Desde siempre y con el paso de los años, la altura había consagrándose como la peor de sus enemigas y, con todos los cambios positivos que había atravesado su vida, el nuevo propósito era superar ese bache. Un incordio. Terapia de choque según dicen.
"Si no puedes con el enemigo, únete a él"
Ese era el lema que se había venido repitiendo durante todo su viaje en coche, al aparcar, mientras cogía el transporte público, al contar todas y cada una de las escaleras de la estructura y, sobre todo, en ese momento en el que sus ojos eran incapaces de abrirse sabiendo, de antemano, todo lo que iban a abarcar. Estaba arriba de todo, no había vuelta atrás. Bajar ahora, llegados a ese punto, podría perdurar en la memoria como una de las tonterías más grandes jamás realizadas pero no se sentía capaz.
"Si no puedes con el enemigo únete a él"
Entre pequeños golpes y manotazos al aire consiguió agarrarse a la barandilla metálica de los extremos. Intuyó que era metálica por el frío que esta le transmitió a las palmas de sus manos nada más entrar en contacto. Además, el sonido que, sin querer y suavemente, había hecho su alianza contra la barra detonaba un material semejante al aluminio. Del bueno. La brisa estaba de su parte, apartándole el pelo de la cara y consiguiendo que sus ganas de devolver se esfumasen por momentos. "Venga", se decía, "ahora sí, ahora sí". Había cavilado y, tras plantearse muchas opciones, se había decantado por la de contar hasta tres y disfrutar de su campo de visión.
"Si no puedes con el enemigo únete a él"
Uno. Por la imposibilidad infantil de subirse con sus amigos a todas las atracciones de las ferias, de los parques temáticos.
Dos. Por la imposibilidad de disfrutar de las vistas desde las ventanillas de un avión, anclada siempre en la bajada de las cortinas plásticas o en la negociación del asiento del pasillo.
Tres. Por la imposibilidad de sentir lo que cada director cinematográfico, que elige la escena de lo alto de la noria, quiere transmitir a su público.

17.1.12

122.

-¿Qué estás haciendo?
-¿Ahora? Nada ¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Coge tus cosas, rápido. ¡Haz la maleta! Pero algo sencillo y ligero
-¿Pero qué pasa? Me estás asustando ¿A dónde pretendes ir? ¿Para qué las maletas?
-¿Desde cuando necesitas tener todas las respuestas a algo para hacerlo? ¡Venga! Te recojo abajo en diez minutos.
-¿El coche azul?
-No, esta vez nos vamos en el negro

El oír ese color, pese a ser el de un simple coche, le dibujó una sonrisa pícara en la cara.

-¿Muchos kilómetros?
-Los suficientes para tres paradas obligatorias y una voluntaria

Al arco que habían ejecutado sus labios le acompañaban ahora unas pequeñas arrugas al lado de los ojos.

-Lo estás haciendo... ¡Oh, no! ¡Lo estás haciendo!

Ella cambio su tono de voz, se acercó a él y le susurro al oído:

-Cállate y baja. Tienes dos minutos para recogerme
-¿Y tu maleta?
-¿Desde cuando nos ha hecho falta equipaje para montarnos en el coche negro?

16.1.12

121.

Desde muy pequeña le habían insistido en la gran importancia que tenía el no mentir mas, paradojicamente, su crecimiento no paraba de ser un bucle constante de falsas verdades.

-¿Puede qué por eso al final me encuentre aquí hoy?
-Supongo que no, usted está aquí porque asó lo decidió el médico que la lleva
-Ya... pero porque un señor con doctorado me obligue a contarle mis problemas no quiere decir que me sea necesario hacerlo. Yo sé muy bien qué es lo que está pasando y el motivo de que le tenga que ver la cara todas las tardes
-¿Ah si? ¿Y qué es, si se puede preguntar?
-Pues que hace ya tiempo que soy la única persona que dice las verdades como templos en este edificio. Desde que la humanidad ha quedado relegada a conjuntos de personas unificadas socialmente en edificios dispares a lo largo de todo el territorio habitable, soy la única capaz de ver que lo que se está haciendo con nosotros no tiene nombre. Bueno... si lo tiene: mentira

Las sirenas empezaron a sonar a medida que la señorita de las gafas de pasta violeta pulsaba el, ya tan sonado, botón rojo de su lado izquierdo. Las compuertas se abrieron, los dos pingüinos de media tonelada de peso aparecieron tras ese fastidioso humo incandescente y se la llevaron a su habitación. Forrada con paredes acolchadas blancas, como el resto de las de su pasillo. La puerta, blanca también, se cerraba nuevamente con ella dentro, dejando ver al frente el número rojo, bien grande: 451.

-Por mucho que me sigan subiendo día tras día allá arriba, siempre acabaré aquí. Contigo. Somos las dos únicas personas cuerdas que quedan en este espacio. Tan habitado fisicamente y tan despoblado en lo que a mentes se refiere

Ya desde fuera, uno de los pingüinos se volteó para preguntarle, una tarde más, al otro:

-¿Sigue hablando sola?
-Como siempre

15.1.12

120.

Estaban desgastados y era el momento ya de colgarlos. Sus viejos guantes negros, los que lo habían llevado al estrellato tantas veces, los que lo habían estrellado otras tantas. Después de tanto tiempo, unos simples trozos de cuero reforzados con algodón acaban por convertirse en la parte más importante de uno mismo, en una prolongación de tus manos. Su lógica le dictaba que era normal, y realmente lo era, tras pasar años y circunstancias tan dispares, tan adversas, juntos uno caía en la cuenta de que aquellos compañeros eran los que le habían acompañado siempre. Le había pasado ya muchas veces, el salir de la ducha tras el combate y sentirse desnudo aún tapado con el albornoz. Los miraba, como si fueran lo más preciado que había tocado en la vida y, verdaderamente, lo eran. Después de la fugaz noche que pasara aquel invierno del 83 con la morena de ojos rasgados, sus guantes de lucha eran lo más valioso que sus dedos habían acariciado nunca. Frente al espejo del frío lavabo del bajo donde entrenaba, ya solo, se dio cuenta. Sus pómulos figuraban ya demasiado marcados. Las cejas prácticamente habían perdido todo su bello. Las cicatrices eran las únicas que se marcaban sobre sus ojos y los labios... dibujaban la viva silueta de quien solo ha recibido golpes a lo largo de los años. Con aquella imagen, la suya, había descubierto que ya era hora de abandonar la práctica de su vida: el boxeo. Ya no tenía fuerzas ni, lo que era peor, ganas para seguir colándose entre las cuerdas, día tras día, para destrozarle el rostro a desconocidos que lo desafiaban con la mirada. Sus momentos de gloria ya habían sido titulares de los mejores periódicos del mundo, su nombre había recorrido todos los carteles cinematográficos y sus firmas habían conseguido un valor incalculable. Ahora, era hora de que empezase a vivir su vida, la de verdad. Se lavó la cara, como cada noche. Colocó la toalla sobre sus hombros y mirándose por última vez al espejo, sonrió mientras colgaba los guantes en la percha de al lado del armario, junto a la ducha. Cogió su cazadora, vieja y canosa como él, y arrastró tras el la latosa puerta de metal de aquel garaje. Las puertas del número 34 de la calle Peyton se cerraban por primera vez pero para siempre y, antes de echar el pestillo, asomó la cabeza adentro, miró al cuadrilátero y pronunció la frase con la que acababa cada combate: “ha sido una buena lucha, preparemos la de mañana”.

13.1.12

119.

Por más que lo pensaba seguía sin entender en qué momento se había sentado a jugar a aquel juego, inútil desde su punto de vista, y del que además no conocía ni la mecánica básica para salir del paso. De verdad que se molestaba en pensarlo y re-pensarlo pero ni así conseguía dar con el por qué de la aceptación a jugar contra él, el más sabio en cuestión de juegos atemporales. Se sentaba en su vieja silla negra, desgastada y ruidosa, y conseguía olvidarse del resto del mundo. A su lado tenía posado el fuelle, aquellos pequeños vasitos de barro brillante, gracias al viejo barniz, que a cada poco rellenaba con la botella de caña de hierbas más pestilente de las que había en el sótano. Escondido bajo la encimera, el pequeño papel del recuento de resultados. Lo hacía siempre, tal vez porque necesitaba que la trayectoria del tiempo quedase marcada con sus pequeños y temblorosos trazos. Quizás sólo por costumbre. Fuera, a través de la ventana, estaba el único capaz de marcar el tiempo y el espacio: el color del cielo. Se convertía lentamente de azul a negro y él, en su sitio de espaldas al cambio, ignoraba la hora que podía ser. Los movimientos se sucedían uno detrás del otro. Las maldiciones, también.

Desconocía por qué no se levantaba, decía "ya basta" y se dedicaba a perder el tiempo en cualquier otra cosa. Algo productivo. En su sillón color salmón, enfrente de él, seguí fijándose en cada uno de los pasos y detalles de los que dejaba huella. No se movía, apenas pensaba y, pese a todo su esfuerzo, lo más raro es que no había caído en la cuenta de que, como las futuras fichas ganadoras del evento, su pelo era ya totalmente blanco. En ese momento la miró, con toda la dulzura que alguien es capaz de transmitir a través de los ojos, aquellos ojos rugosos, y entre una sonrisa sincera y pícara aseguró su vitoria:

-No me mires tanto pequeña, cada pelo blanco que ves en esta cabeza loca es una partida ganada.

He ahí la respuesta que estaba buscando. Seguía aceptando el reto de damas contra su abuelo porque cada derrota le aseguraba una frase victoriosa, de las que no se olvidan nunca. De las que acaban consiguiendo ser incrustadas en los textos más remotos, de las que acaban logrando cientos de aplausos.

12.1.12

118.

-¿Si? ¿Diga?
-Hola
-¿Hola? Vaya, ¡no puede ser! Qué... ¿qué tal?
-Por aquí todo bien ¿y tú qué?
-Pues igual que siempre pero... buf, sorprendido ¡Muy sorprendido!
-Ya ni te acordabas, ¿verdad?
-Pues si te soy sincero no, ya no. No pensé que llegaría esta fecha tan de repente
-Hombre... varios años... no pueden considerarse que pasen tan “de repente”, pero es lógico. Yo me alegro muchísimo de qué todo esté saliendo tan bien que ya ni tiempo tengas para esto

Entre risa, siguieron conversando más de 40 minutos. A ella ya se le había marcado demasiado el acento británico, como a una verdadera lady, y a él se le notaba un timbre grave. Más aún que el que ya tenía, el rudo, el de la costa.

-Me hace gracia estar hablando con la chica inglesa más famosa del país
-Serás... ¿de qué país hombre? ¿de qué país?
-Pues de este mujer, ¿de cuál sino?

Se alegraban inconscientemente de gastar el tiempo destacando las chorradas más evidentes entre ambos. El insistía en que no se dejara sucumbir a los desayunos del lugar, demasiado insanos, pero que se empapase de las lluvias torrenciales más cercanas. Ella solo se preocupaba por recordarle que cuidase su salud y también su lenguaje, aunque hacía ya tiempo que de esto último había tirado la toalla. Entre recuerdos y anécdotas, se escuchó un estornudo.

-¿Ves lo que te había dicho? La salud, cafre.... la salud
-No ya, tranquila, que ahora tus consejos de enfermera los tengo en el oído diariamente. Es el pequeño el que está resfriado

Con esta respuesta, la llamada solo podía tomar dos direcciones: cortarse subliminalmente o extenderse durante varias horas de explicaciones absurdas.

11.1.12

117.

¿Sabes qué?
A veces no pienso. Es decir, no pienso antes de actuar. A todos le pasa alguna vez, ¿no? Es de los días en que te levantas pensando que eres una de las estrellas de las baldosas de Los Ángeles y te acuestas derreada tras un día lleno de todo menos de cordura.
A veces no me molesto en confiar en la gente, simplemente lo hago. Voy por la calle observando todos los movimientos de las personas que me rodean y sé que todos las hacen sin pensar. Se ríen porque les sale, gritan a los niños antes de cruzar, se pasean de la mano, se tiran hojas de los árboles en medio del parque... y todo lo hacen de verdad.
A veces camino con los ojos cerrados. No en medio de un sueño ni por encima del agua, sino por caminos que se abren ante mí de forma inesperada. Son nuevos, de esos que nunca antes habías visto, pero confío en que sabré llegar a salvo al final de los parajes.
A veces me dejo llevar. Si, cuando el cielo está despejado y el viento sopla fuerte. Cerrar los ojos y notar cómo nadie puede robarte la sensación de vuelo extremo que tu pelo experimenta ante tanta fuerza climática es, sin duda, increíble.
¿Sabes qué?
A veces, todas mis respuestas se unen y por un momento encuentro el origen de la felicidad. Pero claro, sólo me pasa a veces.

10.1.12

116.

Se agarró a la cinta azul, sin duda no podría haber sido otra, y miró con plena confianza hacia arriba. Sus ojos, oscuros como el azabache mejor guardado, grandes y brillantes iluminaban las sonrisas de cualquiera que lo estuviese viendo en aquel momento. Entonces llegó. Llegó el momento en el que él también empezó a esbozar una pequeña curva hacía el lado derecho de su boca, como siempre hacía, y se aferró a la fina tira de papel. La expectación era máxima y el silencio solo lo acompañaba a él. El resto de invitados se perdían en un segundo plano ruidoso, lleno de movimiento, palmas, abrazos, sonrisas y murmullos. Apartado de todo eso se encontraba la silueta de quién debía hacer que el ruido del segundo plano volviese al centro de la obra. Sus enormes ojos se cerraron de golpe, sus dientes mordieron con fuerza el labio inferior y su cabeza se agachó de un golpe en el mismo momento en el que su brazo hacía la fuerza suficiente como para arrancar el mal pegado trozo de papel que colgaba de la caja de formas. La sensación de que empezarían a llover trocitos de cielo brillantes y llenos de color por delante de su cara. El escalofrío que recorrería su cuerpo cada vez que el golpe de un caramelo tropezase de repente contra cualquier parte de su cuerpo. El gusto que sentiría al ver que su momento de felicidad había por fin dado con él, que lo había encontrado. Todo ello no fue posible. No había escogido el color adecuado. Su cara se volvió triste en milésimas de segundo, su brazo colgaba paralelo al otro, sin fuerzas, y su cuello no volvió a erguirse. Lo único que hizo fue quedarse en el sitio, decepcionado, mientras el segundo plano ascendía al primero entre aplausos y un griterío espectacular.

-¡Cariño, sigue probando! Si no es la azul, tiene que ser otra ¡Venga!

El giro de lado a lado su pequeña cabecita representó su negativa hacia lo que estaba escuchando, pese a seguir inmóvil. Las voces de ánimo seguían pronunciándose más, para el que había perdido todas las sensaciones creadas, todas habían vuelto ya nuevamente al plano del silencio. Quieto y sin mostrar ningún gesto de continuidad, pronunció sus últimas palabras antes de echar a correr hacía su habitación:

-No, mamá no. Yo sabía que era la azul, lo sabía. Intentarlo con cualquier otro color, para mí, sería una tontería. Una mentira

9.1.12

115.

Estaba sangrando, como en la peor de las guerras, pero esta vez en sentido metafórico. Hacía escasos minutos que había ocurrido: había sido rápido, conciso y directo a donde duele. Pese a todo, se había mantenido de pie, aguantando el tirón, como el más fuerte de los guerreros. No pensaba doblegarse. No por orgullo, no porque le faltaran ganas, si no porque se lo habían pedido. Indirectamente y sin pronunciarse a viva voz, pero su silencio había sido solicitado. No iba a ser una herida de muerte, y eso desprendía alivio, más probablemente tampoco había de ser la última. Más bien, sólo era la primera de las muchas otras que, muy a su pesar, la seguirían.
Estaba sangrando, como en el mejor de sus momentos, y solo pudo hacer lo que, humildemente, podía hacer: escribirlo. Esta vez no contaba con su escudo, el papel, ni con su arma, la pluma, pero tenía la entrenada mente que llevaba preparando desde hacía muchos años. Todas las historias que se habían redactado en su memoria, los borradores y bocetos que perduraban en los apartados más recónditos de su cerebro jugaban a su favor, lo mismo que la situación. Lo mismo que sus sentimientos.
Estaba sangrando y, por eso, no podría decirse que lo que estaba escribiendo en su cabeza, aun con la herida recién hecha, fuese lo que realmente luego fuese a transcribir. No era para nada coherente y estaba bañado en el dolor que la despedida le estaba causando. Aun así, en caliente y sangrando, era cuando mejor creaba. Eses eran los mejores momentos y, a decir verdad, realmente los únicos en los que decía todo lo que sentía, todo lo que pensaba y todo lo que criticaba pese a que nadie se fijaba en eso. La poca gente que caía en la cuenta no era capaz de sentirse identificada con los personajes que su ingenio aportaba al mundo real, a su mundo real. Estaban todos, eso podría asegurarlo con total certeza, pero nadie se daba cuenta.
Estaba sangrando, en el medio de la noche, y probablemente lo seguirá haciendo durante mucho tiempo pues, cuando se le pide silencio a alguien en el momento justo en el que quiere gritar, no puede hacer otra cosa que aferrarse a la lucha con su escudo y su arma.
La herida continúa abierta. El escrito finaliza aquí.

114.

Le podría haber dicho que sí, que estaría allí en primera o segunda fila. También podría haberle afirmado que lo más probable era que llegaría pero tarde o, ya rozando la falta de vergüenza, podría haberle esquivado la pregunta, hacerse la interesante y no contestarle de todo. Dejarlo a medias tintas. Lo malo era que él le había hecho la pregunta directamente y sin tapujos, como todas las veces que a ella se había dirigido, y ante algo así, no era justo llevar a cabo ninguna de las opciones matizadas.

- No, no estaré

Había sido contundente y a él, de seguro que no le habia sentado bien ese tono. Pese a no oírla.
Eran tres palabras formando un conjunto de respuesta negativo, seco, vacío... y, en el fondo, existían diversas razones que le inposibilitaban ir. No se las dio, es cierto, pero no tenía sentido explicar algo que no iba a llegar a ningún lado. Seguramente si él las supiera, las cosas podrían haber sido algo diferentes, pero sólo algo. Muy poco.
De todas formas, ella estaba convencida que el trabajo que él desempeñaría esa tarde sería el mejor posible. Siempre lo hacía. Lo conocía lo suficiente como para saber que era de las personas que, dentro de un equipo, prefieren tragarse todo el orgullo y la firmeza que adoptan habitualmente (que no es poca) para que el resultado sea favorable a todos. Además, hacía un día estupendo, un sol radiante pero sin excesivo calro, y eso ayudaría a que todo saliese mucho mejor: el ánimo, la visibilidad, el estado de humor, las cifras finales... y como no, también su tonalidad de pelo.

7.1.12

113.

Tengo que empezar a aceptar que ya no estoy para determinados trotes ni determinados berrinches, tengo ya una edad. Me aproximo estrepitosamente a los ochenta, esa cifra tan bonita para comprar títulos de láminas dibujadas, para rotular discos o mismo para ponerle nombre a una serie televisiva. Yo, simplemente, creo que odio el tener que asumirlo.
Es cierto, vale, mi deber es seguir adelante como hasta ahora, con mis setenta y nueve. Dicho así, incluso parecen más feos estos dos números, pero a lo que voy, que no me gusta el tener que soplar las velas. Probablemente porque tengo casi la certeza de que será la última vez que lo haga, y no porque vaya a morirme, no por Dios, ni pensarlo se me pasa por la cabeza, pero si porque a modo de las señoritas rubias de treinta, pienso estar repitiendo velas el resto de mis días. Es una cifra redonda, de las improbables de olvidar. Es la cifra con la que me tengo que familiarizar hasta el punto de quererla, porque será que figure encima de mi pastel hasta que el destino quiera.
No será excesivamente difícil, lo he ido haciendo a lo largo de toda mi vida. Las cosas se van aceptando y luego se aprende a continuar. Uno pasa por distintas depresiones, por momentos álgidos de decepción y, pese a que es triste tener que admitir que uno es completamente imbécil y estúpido, estos quedan como los mejores recuerdos vitales de uno mismo. ¿De qué sino se acuerda uno con tanta facilidad? Yo creo que incluso podría dibujar sobre el papel las caras de lienzo que se me quedaron hace años, muchos años atrás y a la vez no tantos, al enterarme de traiciones, al recibir malas noticias, al descubrir mentiras... y, sinceramente, si no fuera por todas esas malas rachas, probablemente no estaría ahora enfadándome por aproximarme al ser "octogenario" que pronto seré, porque lamentablemente no tendría sido yo.
Así que, sintiéndolo mucho, creo que a veces es mejor callarse, pensar en qué lo que viene es lo que toca y que, por mucho que se quiera, a las metas propuestas hay que darles un margen de error. Bajar el listón, porque a decir verdad no todo es alcanzable.

4.1.12

111.

Todos los medios del lugar lo repetían continuamente, especialmente las radios: "...la espera se hace cada vez más pesada para ellos. Los diferentes equipos integrantes de la competición anual están que trinan. El temporal que ha empezado a azotar la bahía, desde bien entrada la tarde, puede que imposibilite el segundo día de salida al mar. Por lo pronto, la realizada esta mañana se ha dado por finalizada con la victoria del equipo azul, el cántabro, que ha superado a los catalanes por dos segundos. Durante las próximas horas les seguiremos informando de..."

El torneo se había echo aguas, y nunca mejor dicho. El viento y la marejada no eran propios de la zona pero como decía el viejo Andrés "todo puede acabar pasando". Ellos, empapados, especialmente en mal humor, volvían al hotel perseguidos por los pocos periodistas valientes que trotaban las calles en busca de algún tipo de declaración de disconformidad, sin importarle la tromba de agua que estaba cayendo. Los participantes ni siquiera se habían cambiado, permanecían con las cabezas bajas y en su mente solo rebotaba la esperanza de que el día siguiente amaneciese tranquilo. Una tranquilidad que no figuraba en su lugar de hospedaje.

- Lo siento, pero el temporal y la imposibilidad de que cada equipo pudiese llegar a su determinado hotel ha hecho que todos los participantes tengan que pasar aquí esta noche

El encargado daba el aviso entre tristeza, pesadez y vergüenza. Se había hecho una re ordenación del personal y en vez de dividir a los integrantes de cada equipo en 3 habitaciones, ahora cada uno de ellos, como buenos compañeros, deberían compartir habitación. Pese a todo lo malo, la noticia había calado entre risas y ánimo de humor. Se pasarían la noche hablando y comentando tonterías, "lo mítico que se hace en las duchas y vestuarios". Los veteranos se peleaban por las camas más espaciosas mientras que los de las posiciones finales dentro del grupo hacían un pequeño hueco en el suelo, apartando alfombras y bolsas de viaje, para situar su colchón.
De repente se abrió la puerta. El entrenador estaba, el capitán también, los suplentes, los coleguillas... ¿quién narices interrumpía la sesión nocturna de todo un conglomerado de "machotes"?

- Disculpen nuevamente señores, pero por la re estructuración que previamente le han comunicado, los periodistas de cada zona tienen que alojarse con los participantes más cercanos. Por seguridad y comodidad para ustedes, les hemos pedido que dejen su material de trabajo, cámaras y demás, en el recibidor

Ella y detrás él. Su cámara se suponía. Por la cercanía de origen del medio para el que trabajaba con el del territorio representado por el equipo ganador de la primera salida, ambos deberían quedarse allí esa noche. Saludaron, se presentaron y no se quejaron al ver que solo tenían para compartir el pequeño espacio de detrás de la entrada a la habitación. Eran los últimos en incorporarse al gremio, era lo más normal que les tocara la peor parte.
Las caras de los novatos, que antes eran un verdadero lienzo, ahora simulaban creerse algo más superiores. Sin llegar a los trazos de los más populares pero ya con algo de hombría.
Se dispusieron a dormir, solamente los recién llegados, pues el resto seguían deliberando tácticas, puntos fuertes y débiles ajenos... El hombretón de la cámara no tardó en quedarse dormido. Ella, curiosa como siempre, se acercó con el propósito de escuchar algo de interés pero lo único que recibió fue el golpe de una almohada en la cara.

- ¡Aquí tienes entrometida! ¡A dormir!

Esa voz... No se había dado cuenta al entrar, ni tan siquiera se le había pasado por la cabeza pensar que él todavía estaría metido en aquel deporte, pero si. Era él, más mayor aunque tampoco mucho, y en una de las camas. Como no, el seguía siendo de los que tiraban del carro. Se quedó quieta, le dio las gracias y se volteó ante las caras de asombro de los allí presentes tras el trato que acababa de recibir.
Tras eso, los cuchicheos por lo bajo fueron los protagonistas de sus conversaciones. Lo querían saber todo, pero las negativas por parte de él junto con los "dejarme en paz" y "no os voy a contar nada panda de hienas" fueron consiguiendo que todos acabaran medio sonámbulos. Al final solo el protagonista del ataque parecía no encontrar la posición correcta para entrar en el modo apagado y dormirse. Estaba claro, le faltaba la almohada. Se levantó, con mucho tino para no molestar ni despertar a ninguno de los que mañana deberán hacer un trabajo espectacular en el mar, y se dirigió hacia la entrometida.

-Eh... eh... chss, tú

Ella se hizo muy bien la dormida, incluso se dio media vuelta haciendo un espacio al lado para que el no tropezase al irse. El, directamente y sin preguntar, se agachó a por lo que era suyo.

3.1.12

110.

- ¿No se te hace raro?
- ¿El qué?
- Volver a estar aquí, hacía mucho que no veníamos aquí
- Yo si lo hice, y muchas veces
- ¿Sola?
- Si, la mayoría de las veces si. Me encanta, es el único lugar de mi estancia aquí que me recuerda a mi pasado
- Ya... es muy tranquilo. Se parece a tu pueblo
- No solo me refiero a mi pasado pensando en mi pueblo, pero si, tienes razón. Se echan en falta algunos matices importantes pero el aspecto del paisaje es muy parecido al de casa

Era una tarde soleada, de las de principio de primavera. Las siete, en punto, estaban a punto de notificarse y el calor aún se guardaba en la superficie del césped.

- A decir verdad yo estoy acostumbrada a ver todo lo que alcanza la vista con una tonalidad más oscura
- ¿Has venido de noche? Cómo...
- Si, todas las veces que he vuelto era de noche. Coincidió así siempre, cómo la última vez que estubimos aquí. No lo he hecho a la fuerza, te lo prometo. Simplemente veía al día oscurecerse y necesitaba aislarme. Este siempre fue el lugar idóneo para lo que buscaba
- Ya... para aislarte pero, has dicho que solo venías sola la mayoría de las veces, ¿el resto de ellas?
- No te preocupes, no he traído a nadie hasta aquí. Podía pasarme la tarde entera merodeando el lugar pero con nadie he llegado hasta arriba. Me lo han dicho vaya ¿por qué no subimos a ver lo que se ve desde lo alto?
- ¿Y que le respondías?
- Ya sabes lo que se ve desde aquí, ¿no?
- Yo si, pero igual las personas con las que venías no y por eso se interesaban en insistir
- Pues esa era mi respuesta: "ya sé lo que se ve desde arriba"
- ¿Siempre?
- Siempre, menos contigo

2.1.12

109.

Madurar. La Real Academia Española lo define como el adquirir pleno desarrollo físico e intelectual. Las madres son un poco más exigentes y para ellas madurar representa el esperado momento en el que uno "cría sentido de una vez" y asienta, por fin, la cabeza. Los profesores y maestros se centran en enseñar, día tras día, semana a semana, e incluso año a año, que se corresponde con la fase en la que cada quien sabe diferenciar las compañías de diversión y de la utilidad que los estudios van a conllevar para uno mismo, para el futuro. Los fruteros y agrícolas lo definen como el momento álgido de la temporada de cosecha y sus familias como los días de máximo gasto. Los seguidores de Peter Pan no contemplan esa palabra, ni ninguna de sus variantes, en su vocabulario. Padres, sacerdotes, párrocos y demás andainas, quieren efusivamente que toda la sociedad logre asentar ese término en sus cabezas, pero bajo sus lógicas. Hace años, en los libros de texto se recogía la palabra en los temas de biología, de las etapas de desarrollo y reproducción.

Cada factor tiene su propia definición. ¿La mía?

Yo, defino la palabra madurar como el momento en el que uno cae en la cuenta de que los pies, muy poco a poco,van creciendo, haciéndose más grandes. Tanto, que ya nunca volverán a coger en aquel pequeño espacio que las canicas dibujaban en la tierra del descampado para conseguir hacer el "guá".