7.1.12

113.

Tengo que empezar a aceptar que ya no estoy para determinados trotes ni determinados berrinches, tengo ya una edad. Me aproximo estrepitosamente a los ochenta, esa cifra tan bonita para comprar títulos de láminas dibujadas, para rotular discos o mismo para ponerle nombre a una serie televisiva. Yo, simplemente, creo que odio el tener que asumirlo.
Es cierto, vale, mi deber es seguir adelante como hasta ahora, con mis setenta y nueve. Dicho así, incluso parecen más feos estos dos números, pero a lo que voy, que no me gusta el tener que soplar las velas. Probablemente porque tengo casi la certeza de que será la última vez que lo haga, y no porque vaya a morirme, no por Dios, ni pensarlo se me pasa por la cabeza, pero si porque a modo de las señoritas rubias de treinta, pienso estar repitiendo velas el resto de mis días. Es una cifra redonda, de las improbables de olvidar. Es la cifra con la que me tengo que familiarizar hasta el punto de quererla, porque será que figure encima de mi pastel hasta que el destino quiera.
No será excesivamente difícil, lo he ido haciendo a lo largo de toda mi vida. Las cosas se van aceptando y luego se aprende a continuar. Uno pasa por distintas depresiones, por momentos álgidos de decepción y, pese a que es triste tener que admitir que uno es completamente imbécil y estúpido, estos quedan como los mejores recuerdos vitales de uno mismo. ¿De qué sino se acuerda uno con tanta facilidad? Yo creo que incluso podría dibujar sobre el papel las caras de lienzo que se me quedaron hace años, muchos años atrás y a la vez no tantos, al enterarme de traiciones, al recibir malas noticias, al descubrir mentiras... y, sinceramente, si no fuera por todas esas malas rachas, probablemente no estaría ahora enfadándome por aproximarme al ser "octogenario" que pronto seré, porque lamentablemente no tendría sido yo.
Así que, sintiéndolo mucho, creo que a veces es mejor callarse, pensar en qué lo que viene es lo que toca y que, por mucho que se quiera, a las metas propuestas hay que darles un margen de error. Bajar el listón, porque a decir verdad no todo es alcanzable.

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