9.1.12

115.

Estaba sangrando, como en la peor de las guerras, pero esta vez en sentido metafórico. Hacía escasos minutos que había ocurrido: había sido rápido, conciso y directo a donde duele. Pese a todo, se había mantenido de pie, aguantando el tirón, como el más fuerte de los guerreros. No pensaba doblegarse. No por orgullo, no porque le faltaran ganas, si no porque se lo habían pedido. Indirectamente y sin pronunciarse a viva voz, pero su silencio había sido solicitado. No iba a ser una herida de muerte, y eso desprendía alivio, más probablemente tampoco había de ser la última. Más bien, sólo era la primera de las muchas otras que, muy a su pesar, la seguirían.
Estaba sangrando, como en el mejor de sus momentos, y solo pudo hacer lo que, humildemente, podía hacer: escribirlo. Esta vez no contaba con su escudo, el papel, ni con su arma, la pluma, pero tenía la entrenada mente que llevaba preparando desde hacía muchos años. Todas las historias que se habían redactado en su memoria, los borradores y bocetos que perduraban en los apartados más recónditos de su cerebro jugaban a su favor, lo mismo que la situación. Lo mismo que sus sentimientos.
Estaba sangrando y, por eso, no podría decirse que lo que estaba escribiendo en su cabeza, aun con la herida recién hecha, fuese lo que realmente luego fuese a transcribir. No era para nada coherente y estaba bañado en el dolor que la despedida le estaba causando. Aun así, en caliente y sangrando, era cuando mejor creaba. Eses eran los mejores momentos y, a decir verdad, realmente los únicos en los que decía todo lo que sentía, todo lo que pensaba y todo lo que criticaba pese a que nadie se fijaba en eso. La poca gente que caía en la cuenta no era capaz de sentirse identificada con los personajes que su ingenio aportaba al mundo real, a su mundo real. Estaban todos, eso podría asegurarlo con total certeza, pero nadie se daba cuenta.
Estaba sangrando, en el medio de la noche, y probablemente lo seguirá haciendo durante mucho tiempo pues, cuando se le pide silencio a alguien en el momento justo en el que quiere gritar, no puede hacer otra cosa que aferrarse a la lucha con su escudo y su arma.
La herida continúa abierta. El escrito finaliza aquí.

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