10.1.12

116.

Se agarró a la cinta azul, sin duda no podría haber sido otra, y miró con plena confianza hacia arriba. Sus ojos, oscuros como el azabache mejor guardado, grandes y brillantes iluminaban las sonrisas de cualquiera que lo estuviese viendo en aquel momento. Entonces llegó. Llegó el momento en el que él también empezó a esbozar una pequeña curva hacía el lado derecho de su boca, como siempre hacía, y se aferró a la fina tira de papel. La expectación era máxima y el silencio solo lo acompañaba a él. El resto de invitados se perdían en un segundo plano ruidoso, lleno de movimiento, palmas, abrazos, sonrisas y murmullos. Apartado de todo eso se encontraba la silueta de quién debía hacer que el ruido del segundo plano volviese al centro de la obra. Sus enormes ojos se cerraron de golpe, sus dientes mordieron con fuerza el labio inferior y su cabeza se agachó de un golpe en el mismo momento en el que su brazo hacía la fuerza suficiente como para arrancar el mal pegado trozo de papel que colgaba de la caja de formas. La sensación de que empezarían a llover trocitos de cielo brillantes y llenos de color por delante de su cara. El escalofrío que recorrería su cuerpo cada vez que el golpe de un caramelo tropezase de repente contra cualquier parte de su cuerpo. El gusto que sentiría al ver que su momento de felicidad había por fin dado con él, que lo había encontrado. Todo ello no fue posible. No había escogido el color adecuado. Su cara se volvió triste en milésimas de segundo, su brazo colgaba paralelo al otro, sin fuerzas, y su cuello no volvió a erguirse. Lo único que hizo fue quedarse en el sitio, decepcionado, mientras el segundo plano ascendía al primero entre aplausos y un griterío espectacular.

-¡Cariño, sigue probando! Si no es la azul, tiene que ser otra ¡Venga!

El giro de lado a lado su pequeña cabecita representó su negativa hacia lo que estaba escuchando, pese a seguir inmóvil. Las voces de ánimo seguían pronunciándose más, para el que había perdido todas las sensaciones creadas, todas habían vuelto ya nuevamente al plano del silencio. Quieto y sin mostrar ningún gesto de continuidad, pronunció sus últimas palabras antes de echar a correr hacía su habitación:

-No, mamá no. Yo sabía que era la azul, lo sabía. Intentarlo con cualquier otro color, para mí, sería una tontería. Una mentira

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