13.1.12

119.

Por más que lo pensaba seguía sin entender en qué momento se había sentado a jugar a aquel juego, inútil desde su punto de vista, y del que además no conocía ni la mecánica básica para salir del paso. De verdad que se molestaba en pensarlo y re-pensarlo pero ni así conseguía dar con el por qué de la aceptación a jugar contra él, el más sabio en cuestión de juegos atemporales. Se sentaba en su vieja silla negra, desgastada y ruidosa, y conseguía olvidarse del resto del mundo. A su lado tenía posado el fuelle, aquellos pequeños vasitos de barro brillante, gracias al viejo barniz, que a cada poco rellenaba con la botella de caña de hierbas más pestilente de las que había en el sótano. Escondido bajo la encimera, el pequeño papel del recuento de resultados. Lo hacía siempre, tal vez porque necesitaba que la trayectoria del tiempo quedase marcada con sus pequeños y temblorosos trazos. Quizás sólo por costumbre. Fuera, a través de la ventana, estaba el único capaz de marcar el tiempo y el espacio: el color del cielo. Se convertía lentamente de azul a negro y él, en su sitio de espaldas al cambio, ignoraba la hora que podía ser. Los movimientos se sucedían uno detrás del otro. Las maldiciones, también.

Desconocía por qué no se levantaba, decía "ya basta" y se dedicaba a perder el tiempo en cualquier otra cosa. Algo productivo. En su sillón color salmón, enfrente de él, seguí fijándose en cada uno de los pasos y detalles de los que dejaba huella. No se movía, apenas pensaba y, pese a todo su esfuerzo, lo más raro es que no había caído en la cuenta de que, como las futuras fichas ganadoras del evento, su pelo era ya totalmente blanco. En ese momento la miró, con toda la dulzura que alguien es capaz de transmitir a través de los ojos, aquellos ojos rugosos, y entre una sonrisa sincera y pícara aseguró su vitoria:

-No me mires tanto pequeña, cada pelo blanco que ves en esta cabeza loca es una partida ganada.

He ahí la respuesta que estaba buscando. Seguía aceptando el reto de damas contra su abuelo porque cada derrota le aseguraba una frase victoriosa, de las que no se olvidan nunca. De las que acaban consiguiendo ser incrustadas en los textos más remotos, de las que acaban logrando cientos de aplausos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario