15.1.12

120.

Estaban desgastados y era el momento ya de colgarlos. Sus viejos guantes negros, los que lo habían llevado al estrellato tantas veces, los que lo habían estrellado otras tantas. Después de tanto tiempo, unos simples trozos de cuero reforzados con algodón acaban por convertirse en la parte más importante de uno mismo, en una prolongación de tus manos. Su lógica le dictaba que era normal, y realmente lo era, tras pasar años y circunstancias tan dispares, tan adversas, juntos uno caía en la cuenta de que aquellos compañeros eran los que le habían acompañado siempre. Le había pasado ya muchas veces, el salir de la ducha tras el combate y sentirse desnudo aún tapado con el albornoz. Los miraba, como si fueran lo más preciado que había tocado en la vida y, verdaderamente, lo eran. Después de la fugaz noche que pasara aquel invierno del 83 con la morena de ojos rasgados, sus guantes de lucha eran lo más valioso que sus dedos habían acariciado nunca. Frente al espejo del frío lavabo del bajo donde entrenaba, ya solo, se dio cuenta. Sus pómulos figuraban ya demasiado marcados. Las cejas prácticamente habían perdido todo su bello. Las cicatrices eran las únicas que se marcaban sobre sus ojos y los labios... dibujaban la viva silueta de quien solo ha recibido golpes a lo largo de los años. Con aquella imagen, la suya, había descubierto que ya era hora de abandonar la práctica de su vida: el boxeo. Ya no tenía fuerzas ni, lo que era peor, ganas para seguir colándose entre las cuerdas, día tras día, para destrozarle el rostro a desconocidos que lo desafiaban con la mirada. Sus momentos de gloria ya habían sido titulares de los mejores periódicos del mundo, su nombre había recorrido todos los carteles cinematográficos y sus firmas habían conseguido un valor incalculable. Ahora, era hora de que empezase a vivir su vida, la de verdad. Se lavó la cara, como cada noche. Colocó la toalla sobre sus hombros y mirándose por última vez al espejo, sonrió mientras colgaba los guantes en la percha de al lado del armario, junto a la ducha. Cogió su cazadora, vieja y canosa como él, y arrastró tras el la latosa puerta de metal de aquel garaje. Las puertas del número 34 de la calle Peyton se cerraban por primera vez pero para siempre y, antes de echar el pestillo, asomó la cabeza adentro, miró al cuadrilátero y pronunció la frase con la que acababa cada combate: “ha sido una buena lucha, preparemos la de mañana”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario