16.1.12

121.

Desde muy pequeña le habían insistido en la gran importancia que tenía el no mentir mas, paradojicamente, su crecimiento no paraba de ser un bucle constante de falsas verdades.

-¿Puede qué por eso al final me encuentre aquí hoy?
-Supongo que no, usted está aquí porque asó lo decidió el médico que la lleva
-Ya... pero porque un señor con doctorado me obligue a contarle mis problemas no quiere decir que me sea necesario hacerlo. Yo sé muy bien qué es lo que está pasando y el motivo de que le tenga que ver la cara todas las tardes
-¿Ah si? ¿Y qué es, si se puede preguntar?
-Pues que hace ya tiempo que soy la única persona que dice las verdades como templos en este edificio. Desde que la humanidad ha quedado relegada a conjuntos de personas unificadas socialmente en edificios dispares a lo largo de todo el territorio habitable, soy la única capaz de ver que lo que se está haciendo con nosotros no tiene nombre. Bueno... si lo tiene: mentira

Las sirenas empezaron a sonar a medida que la señorita de las gafas de pasta violeta pulsaba el, ya tan sonado, botón rojo de su lado izquierdo. Las compuertas se abrieron, los dos pingüinos de media tonelada de peso aparecieron tras ese fastidioso humo incandescente y se la llevaron a su habitación. Forrada con paredes acolchadas blancas, como el resto de las de su pasillo. La puerta, blanca también, se cerraba nuevamente con ella dentro, dejando ver al frente el número rojo, bien grande: 451.

-Por mucho que me sigan subiendo día tras día allá arriba, siempre acabaré aquí. Contigo. Somos las dos únicas personas cuerdas que quedan en este espacio. Tan habitado fisicamente y tan despoblado en lo que a mentes se refiere

Ya desde fuera, uno de los pingüinos se volteó para preguntarle, una tarde más, al otro:

-¿Sigue hablando sola?
-Como siempre

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