18.1.12

123.

En lo más alto de la famosa torre del lugar, le era imposible abrir los ojos. Tenían razón todos a los que le había contado previamente su plan: no debía ir sin compañía . Desde siempre y con el paso de los años, la altura había consagrándose como la peor de sus enemigas y, con todos los cambios positivos que había atravesado su vida, el nuevo propósito era superar ese bache. Un incordio. Terapia de choque según dicen.
"Si no puedes con el enemigo, únete a él"
Ese era el lema que se había venido repitiendo durante todo su viaje en coche, al aparcar, mientras cogía el transporte público, al contar todas y cada una de las escaleras de la estructura y, sobre todo, en ese momento en el que sus ojos eran incapaces de abrirse sabiendo, de antemano, todo lo que iban a abarcar. Estaba arriba de todo, no había vuelta atrás. Bajar ahora, llegados a ese punto, podría perdurar en la memoria como una de las tonterías más grandes jamás realizadas pero no se sentía capaz.
"Si no puedes con el enemigo únete a él"
Entre pequeños golpes y manotazos al aire consiguió agarrarse a la barandilla metálica de los extremos. Intuyó que era metálica por el frío que esta le transmitió a las palmas de sus manos nada más entrar en contacto. Además, el sonido que, sin querer y suavemente, había hecho su alianza contra la barra detonaba un material semejante al aluminio. Del bueno. La brisa estaba de su parte, apartándole el pelo de la cara y consiguiendo que sus ganas de devolver se esfumasen por momentos. "Venga", se decía, "ahora sí, ahora sí". Había cavilado y, tras plantearse muchas opciones, se había decantado por la de contar hasta tres y disfrutar de su campo de visión.
"Si no puedes con el enemigo únete a él"
Uno. Por la imposibilidad infantil de subirse con sus amigos a todas las atracciones de las ferias, de los parques temáticos.
Dos. Por la imposibilidad de disfrutar de las vistas desde las ventanillas de un avión, anclada siempre en la bajada de las cortinas plásticas o en la negociación del asiento del pasillo.
Tres. Por la imposibilidad de sentir lo que cada director cinematográfico, que elige la escena de lo alto de la noria, quiere transmitir a su público.

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