31.1.12

125.

No puedo enfadarme porque no soy nadie. No puedo reprochar ni pedir explicaciones porque no soy nada. No puedo actuar contra ello porque, realmente, no se lo que está pasando. Mi misión era simplemente esperar. Esperar, nadie sabe cuanto, a que las mentes se aclarasen y luego mandasen el aviso del momento oportuno para encerrarse en un baño. Llegado este punto, ya no puedo asegurar que mi paciencia sea capaz de prolongarse mucho más. No puedo decírtelo, ni voy a hacerlo, porque prometí hace tiempo no volver a mencionarlo nunca pero, hoy, sólo puedo hacer una cosa: asegurarte que podría llegar a morirme de ganas de quebrantar el juramento. El balón, ahora, está en tu campo.

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