13.2.12

129.

La ciudad seguía igual de oscura que hacía diez minutos. La escasez de personas pisando las aceras era un contrato de seguridad de que las calles seguirían siendo vírgenes aquella noche. Una ínfima sombra se dirige a casa bajo la tenue luz que irradian las farolas. Lo acompañan en su camino, los iluminados escaparates de las tiendas más prestigiosas. Esas que se pueden permitir el enorme gasto energético, nocturno, con la finalidad de captar alguna mirada. Sea cuál sea la hora de la noche.
En este contexto, tres cortos segundos acaban de servir como separadores de los cuatros golpes de luz que fluyen por debajo de aquella cortina negra, aún ondeando. El silencio vuelve a invadirlo todo. Y justo cuando pasa por su lado, el brillante papel cae en la estrecha ranura de metal. Nadie sale, nadie lo ve y nadie lo puede acusar, así que, se atreve a agachar la cabeza para mirar los cuatro momentos congelados en aquellos pequeños cuadrados del papel vertical. La ranura le hace imposible ver las tres primeras y la cortina parece empezar a moverse. ¿La casualidad? Esta vez, había hecho que el cuarto cuadrado fotográfico se pudiese ver. Allí, los únicos amantes de esa noche, retratados en un beso.

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