24.2.12

131.

Como cada tarde, hacía su pausa de las seis para descansar un rato, disfrutando de su "merienda". No acudía siempre al mismo sitio por los fantásticos cafés que el lugar ofrecía ni tampoco por la buena música que acostumbraba a sonar allí. Saludaba a su secretaria, cogía sus dos teléfonos móviles y se dirigía al ascensor. Los días que el sol asomaba, como era el caso, optaba por mirar desafiantemente al invento elevador y acababa, luego, bajando las cuatro plantas del edificio por las escaleras. Así, se sentía mejor. Salía por el portal de la entrada y podía ya divisar la terraza de su templo. Su sitio, la última mesa individual de la derecha, siempre estaba disponible. Esperándole. Desde el momento en el que se sentaba hasta que su mercancía le era depositada delante no pasaban más de cuatro minutos y ni siquiera hacía falta que le dijese nada a la joven camarera. Era muy guapa, se fijaba siempre, pero podría ser fácilmente su sobrina.

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